miércoles, 31 de enero de 2018

Muerte en vida, característica propia de un cristiano (José Martí)



El cristiano no tiene vida propia

"Ninguno de nosotros para sí mismo vive y ninguno para sí mismo muere. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Sea que vivamos o sea que muramos, del Señor somos" (Rom 14, 7-8). "Para mí la vida es Cristo" (Fil 1,21), decía San Pablo. 

Así que nuestra vida no es nuestra, sino que es del Señor. En cierto sentido podríamos decir que estamos muertos

"Habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3). Y también: "Pues si uno murió por todos, luego todos son muertos. Y murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó" (2 Cor 5,14).

De modo que lo propio de un cristiano, que viva como tal, es estar muerto, o si se quiere, para que lo entendamos mejor, vivir en muerte de amor, de amor a Jesucristo


"Considerad, hermanos, -decía San Pablo- que estáis muertos, muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rom 6,11). Y en otro lugar: "Con Cristo estoy crucificado; y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). 

Esa es la condición de un verdadero cristiano. Para un cristiano, Cristo es su vida y sin Cristo, su vida no tiene ningún sentido.

Fue el mismo Jesús quien dijo de Sí: "Yo soy la Vida" (Jn 14,6) y también: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). De modo que sólo si lo tenemos a Él tenemos la Vida

Y esto es así hasta el punto de que Jesús nos dice y nos recalca: "Os lo aseguro: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53); y también: "El que me come vivirá por Mí" (Jn 6,58).

Comernos al Señor ¿qué significa eso? ¿Es que tenemos que ser antropófagos? Por supuesto que no; pero si pensamos un poquito, caeremos enseguida en la cuenta de que cuando una persona quiere a otra suele decirle que se la comería a besos. Es una expresión que indica el cariño que le tiene a esa persona, que se haría una sola cosa con ella. Evidentemente no es real. Las personas que se quieren no se comen unas a otras. 


Sin embargo, si pensamos en nuestro amor al Señor resulta que, en este caso, a Él sí que nos lo podemos comer de verdad, en sentido real, aunque misterioso (claro está). El amor iguala a los que se aman. De la misma manera que el alimento ordinario pasa a formar parte de nosotros cuando comemos algo así también, cuando recibimos a Jesús en la comunión, no es ya que Él pase a formar parte de nosotros, sino que nosotros pasamos a ser uno con Él, nos transformamos en Él, somos Él (en cierto modo) sin dejar de ser nosotros mismos. Tal es la unión que se establece entre Dios y nosotros, en Jesús (porque así Él lo ha querido, sin mérito alguno por nuestra parte). 

Ya no tenemos vida propia, nuestra vida le pertenece a Él que nos ha dado, a cambio, la suya: Él es nuestra vida. Me vienen a la mente las palabras del Señor: "El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí la encontrará" (Mt 16,25)

Sólo cuando morimos a nosotros mismos y dejamos que el Señor sea el todo de nuestra existencia, sólo entonces podemos decir, con verdad, que vivimos plena y auténticamente. Sólo entonces somos realmente nosotros mismos (tal como Dios nos pensó al crearnos, hijos suyos en su Hijo) y podemos dar fruto abundante:"Os lo aseguro: si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto" (Jn 12,24). Un fruto que es seguro si Jesús está con nosotros y en nosotros: "El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5).

La única vida con sentido, la única que es realmente vida, es la que transcurre en muerte de amor, de amor a Jesús. Actuando así nos parecemos a nuestro Maestro que"habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el fin" (Jn 13,1) conforme a lo que Él mismo había enseñado a sus discípulos: "Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). 


Jesús dio su vida por todos los hombres. Y su muerte fue aceptada por su Padre; la expresión: "es preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus justos" (Sal 116,15) es, sobre todo, aplicable a Jesús, pues Él es el Justo por antonomasia; aunque también se aplica a todos aquellos que le son fieles y siguen sus pasos.

Este estado de muerte en vida es lo característico de un cristiano, si es auténticamente cristiano; sólo así puede dar realmente testimonio de su Maestro y es un reflejo suyo, cumpliéndose en él estas palabras de San Pablo a los corintios:"Nosotros, los que vivimos, estamos de continuo entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal" (2 Cor 4,11)


José Martí

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