miércoles, 22 de noviembre de 2017

Niña María (en el día de la Presentación de Nuestra Señora)




Niña María que al Templo llegas
y a Dios ofreces limpia inocencia,
lo que consagras será patena
que un día a Dios Hijo contenga,
por eso Virgen Él te hace perfecta, 

Entre todas las vírgenes, 
bella entre las bellas,
los Ángeles Santos
te admiran excelsa
y te aclaman laudantes
electa, integérrima.

Niña Bendita que al Templo subes
pisando leve la escala santa
que al Santuario de Dios conduce,
lo que presentas un día va a ser,
Trono de Cristo, el Enmanuel. 

Darás tu sangre para el Cordero
que con su Sangre nos salvará,
tu cuerpo virgen formará el Cuerpo
que en sacrificio se inmolará.

Niña María, Virgen Bendita
del Verbo Humilde sagrario y ara
a nos, pecadores, Madre, prepara:
Que a Dios rindamos el alma limpia.


Orémus

Deus, qui beatam Mariam semper Virginem, Spiritus Sancti habitaculum, hodierna die in templo praesentari voluisti: praesta, quaesumus; ut eius intercessione in templo gloriae tuae praesentari mereamur.

Per Dóminum nostrum Iesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte eiúsdem Spíritus Sancti Deus, per ómnia sæcula sæculórum. Amen

Ex Voto

+T.
Escrito por Don Terzio

martes, 21 de noviembre de 2017

Un intento "piadoso" de poesía (breve comentario) [José Martí]




Tras la escondida senda,
ésa que nunca nadie había notado,
quise dejar en prenda
aquello que he hallado
en mí, y por mi amado es apreciado.

En la íntima relación amorosa con Dios, sólo conocida por mí y por Él (por Él más que por mí) y por nadie más, ambos pugnamos por tener detalles de cariño, el uno con el otro; y lo mejor que puede uno ofrecerle es aquello que de Él ha recibido antes [puesto que de sí nada tiene] y que sólo Él conoce y aprecia [como nadie más puede conocer ni apreciar] ya que, en realidad, eso es lo único que importa: su amor, el que Él nos da … y el que nosotros le damos a Él, 
que es el mismo: nada mejor podemos ofrecerle. Y si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rom 8, 31). Por eso vivimos tranquilos, pues nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8, 39)

José Martí

miércoles, 15 de noviembre de 2017

San Alberto Magno - 15 de noviembre (Prof. Plinio Corrêa de Oliveira)


Albertus Magnus por Fra Angelico

Alberto Magno, el hijo mayor del Conde de Bollstädt, nació alrededor de 1206 en Lauingen, en Suabia, Alemania. Después de una formación cuidadosa, fue a estudiar Derecho en la Universidad de Padua en Italia. Allí se familiarizó con el Beato Jordán de Sajonia, general de los dominicos, cuyos consejos lo llevaron a ingresar a la Orden de los Dominicos. Pronto se hizo conocido por su devoción filial a Nuestra Señora y la atención a la observancia monástica. Fue enviado a Colonia para terminar sus estudios, ganando una reputación de erudición en las ciencias naturales más grande que todos sus compañeros.

Después de completar sus estudios, fue enviado a enseñar teología en Hildesheim, Freiburg-im-Breisgau, Regensburg, Strasburg y Cologne. En 1245, fue enviado a la Universidad de París, donde demostró el acuerdo entre la fe y la razón y entre las ciencias sagradas y profanas. El más ilustre de sus discípulos, Santo Tomás de Aquino, lo sucedería en la Sorbona.

St. Albert regresó a Colonia en 1248 para dirigir los estudios de su Orden como Regente del Studium Generale. En 1254 fue elegido dominico provincial de Alemania, y en 1260 fue nombrado obispo de Ratisbona. Renunció al obispado después de tres años y regresó a enseñar en Colonia.

Dios le dio el don de ser notable en muchas cosas. Si solo hubiera brillado en una de estas cosas, sería un hombre de fama inmortal. Para mencionar solo dos de sus logros intelectuales, San Alberto es considerado el fundador de la escolástica, y él era el maestro de Santo Tomás de Aquino, quien a su vez llevó a la escolástica a su apogeo. Si él fuera solo este gran intelectual, hubiera pasado a la historia por esto. Pero él era más. También era famoso por su espíritu religioso, era un gran contemplativo, un gran santo, que le daría toda la gloria posible. Finalmente, también fue un obispo ilustre que adquirió una enorme fama en su tierra natal. A menudo, también fue llamado a actuar como árbitro y pacificador entre varios príncipes y obispos alemanes. Asistió al segundo Consejo de Lyon (1274), donde tomó parte activa en las deliberaciones. Murió en Colonia el 15 de noviembre de 1280. El 16 de diciembre de 1931 fue canonizado y declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI.

Desde el año 1300, bajo un vitral en la iglesia dominicana de San Andreas en Colonia, se pueden leer estas palabras:

Vidrieras en el santuario 
de la iglesia de San Andreas 

"Este santuario fue construido por el obispo Albert, flor de filósofos y sabios, modelo de buenas costumbres, brillante y espléndido destructor de herejías y azote de hombres malvados. Ponlo, oh Señor, en el número de Tus Santos".

"Por naturaleza tenía instinto para grandes cosas. Así, como Salomón, le rogó a Dios por el don de la sabiduría, que une íntimamente al hombre con Dios, expande corazones y eleva las almas de los fieles a las alturas. La sabiduría le enseñó cómo para unir una vida intelectual intensa con una vida espiritual profunda, porque él era al mismo tiempo un iniciador de un movimiento intelectual poderoso, un gran contemplativo y un hombre de acción ".

Comentarios del Prof. Plinio:

La vida de San Alberto Magno se expresa bien en la descripción de cómo se destacó en estas tres cosas: era un intelectual, un contemplativo y un hombre de acción. Esto lo convirtió en una de las figuras más importantes de la Edad Media, uno de los que consolidaron el Medio Siglos.

¿Por qué la Providencia es un hombre tan brillante, que se destaca en tres caminos diferentes al mismo tiempo? Es para mostrar que la vida interior debe tener prioridad sobre las demás. Entendemos que si St. Albert no hubiera sido un hombre con una fuerte vida interior, no podría haber sido el erudito extraordinario que era. La vida interior da los medios para que un hombre ejecute la voluntad de Dios para él a la perfección. Al hacer esto, un hombre desarrolla completamente sus talentos naturales. A menudo, Dios les da carismas adicionales y gracias extraordinarias a aquellos que son fieles para multiplicar sus cualidades naturales y ayudarlos a cumplir sus misiones.

Esto me recuerda un dicho de Dom Chautard, el autor del famoso libro El alma de todo apostolado. Una vez estuvo con Georges Clemenceau, el primer ministro francés muy revolucionario. Sabiendo que Dom Chautard era un hombre muy ocupado, Clemenceau le preguntó: "¿Cómo te las arreglas para hacer tantas cosas en solo 24 horas?". Dom Chautard respondió: "Es porque rezo el Rosario. Si también lo rezas, tendrías más tiempo para realizar tus tareas ".

Es una paradoja, porque rezar el Rosario toma tiempo de otras actividades. Alguien podría pensar que Dom Chautard estaba bromeando con Clemenceau. Esto no es verdad. En esa aparente contradicción hay una verdad profunda. Si nos tomamos el tiempo para desarrollar nuestra vida interior, Dios se encargará de las otras cosas que necesitamos y multiplicará nuestra capacidad para lograr lo que estamos llamados a hacer.

Esta es la gran verdad que aprendemos de la vida de San Alberto. Esas bellas palabras escritas en 1300 bajo el vitral de la iglesia de San Andrés revelan cuánto ha cambiado la mentalidad religiosa moderna. 

Hoy, ¿quién diría que un santo es un "destructor brillante y esplendoroso de las herejías y el azote de los hombres malvados"? Tal elogio, que llena nuestras almas de alegría católica, ha desaparecido por completo del panorama religioso actual. Que esto es así revela la diferencia entre la mentalidad del progresismo que lamentablemente domina a la Iglesia hoy y el verdadero espíritu católico. No es difícil ver cuál es la posición de los Santos.

Pidamos a San Alberto Magno que nos ayude a ver la extensión completa de los errores progresistas y combatirlos con la misma brillantez y esplendor que combatió las herejías de su tiempo.

Carta Encíclica Mystici Corporis Christi del Papa Pío XII, promulgada el 29 de junio de 1943 [10]

Mystici Corporis Christi
SOBRE EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO
Carta Encíclica del Papa Pío XII 
promulgada el 29 de junio de 1943


69. Por otra parte, debiendo ser este Cuerpo social de Cristo, como dijimos arriba, visible por voluntad de su Fundador, es menester que semejante unión de todos los miembros se manifieste también exteriormente, ya en la profesión de una misma fe, ya en la comunicación de unos mismos sacramentos, así en la participación de un mismo sacrificio como, finalmente, en la activa observancia de unas mismas leyes. Y, además, es absolutamente necesario que esté visible a los ojos de todos la Cabeza suprema que guíe eficazmente, para obtener el fin que se pretende, la mutua cooperación de todos: Nos referimos al Vicario de Jesucristo en la tierra. Porque así como el Divino Redentor envió el Espíritu Paráclito de verdad para que, haciendo sus veces[
Cf. Jn 16. 26 ], asumiera el gobierno invisible de la Iglesia, así también encargó a Pedro y a sus Sucesores que, haciendo sus veces en la tierra, desempeñaran también el régimen visible de la sociedad cristiana.

70. A estos vínculos jurídicos, que ya por sí solos bastan para superar a todos los otros vínculos de cualquiera sociedad humana por elevada que sea, es necesario añadir otro motivo de unidad por razón de aquellas tres virtudes que tan estrechamente nos juntan uno a otro y con Dios, a saber: la fe, la esperanza y la caridad cristiana.

71. Pues, como enseña el Apóstol, uno es el Señor, una la fe [
Ef 4, 5], es decir, la fe con la que nos adherimos a un solo Dios y al que él envió, Jesucristo [Cf. Jn 17, 3]. Y cuán íntimamente nos une esta fe con Dios, nos lo enseñan las palabras del discípulo predilecto de Jesús: Quienquiera que confesare que Jesús es el Hijo de Dios, Dios está en él y él en Dios[1 Jn 4, 15]. Y no es menos lo que esta fe cristiana nos une mutuamente y con la divina Cabeza. Porque cuantos somos creyentes, teniendo… el mismo espíritu de fe [2 Cor 4, 13], nos alumbramos con la misma luz de Cristo, nos alimentamos con el mismo manjar de Cristo y somos gobernados por la misma autoridad y magisterio de Cristo. Y si en todos florece el mismo espíritu de fe, vivimos todos también la misma vida en la fe del Hijo de Dios, que nos amó y se entregó por nosotros [Cf. Gal 2, 20]; y Cristo, Cabeza nuestra, acogido por nosotros y morando en nuestros corazones por la fe viva [Cf. Ef 3, 17], así como es el autor de nuestra fe, así también será su consumador [Cf. Heb 12, 2].

72. Si por la fe nos adherimos a Dios en esta tierra como a fuente de verdad, por la virtud de la esperanza cristiana lo deseamos como a manantial de felicidad, aguardando la bienaventurada esperanza y la venida gloriosa del gran Dios [
Tit 2, 13]. Y por aquel anhelo común del Reino celestial, que nos hace renunciar aquí a una ciudadanía permanente para buscar la futura [Cf. Heb 13, 14] y aspirar a la gloria celestial, no dudó el Apóstol de las Gentes en decir: Un Cuerpo y un Espíritu, como habéis sido llamados a una misma esperanza de vuestra vocación [Ef 4, 4]; más aún, Cristo reside en nosotros como esperanza de gloria [Cf. Col 1, 27].

73. Pero si los lazos de la fe y esperanza que nos unen a nuestro Divino Redentor en su Cuerpo místico son de gran firmeza e importancia, no son de menor valor y eficacia los vínculo de la caridad. Porque si, aun en las cosas naturales, el amor, que engendra la verdadera amistad, es de lo más excelente, ¿qué diremos de aquel amor celestial que el mismo Dios infunde en nuestras almas? Dios es caridad: y quien permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él [
1 Jn 4, 16]. En virtud, por decirlo así, de una ley establecida por Dios, esta caridad hace que al amarle nosotros le hagamos descender amoroso, conforme a aquello: Si alguno me ama…, mi Padre le amará, y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada [Jn 14, 28]. La caridad, por consiguiente, es la virtud que -más estrechamente que toda otra virtud- nos une con Cristo, en cuyo celestial amor abrasados tantos hijos de la Iglesia se alegraron al sufrir injurias por El y soportarlo y superarlo todo, aun lo más arduo, hasta el último aliento y hasta derramar su sangre. Por lo cual nuestro Divino Salvador nos exhorta encarecidamente con estas palabras: Permaneced en mi amor. Y como quiera que la caridad es una cosa estéril y completamente vana si no se manifiesta y actúa en las buenas obras, por eso añadió en seguida: Si observáis mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo mismo he observado los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor [Jn 15, 9-10].

74. Pero es menester que a este amor a Dios y a Cristo corresponda la caridad para con el prójimo. Porque ¿cómo podremos asegurar que amamos a nuestro Divino Redentor, si odiamos a los que él redimió con su preciosa sangre para hacerlos miembros de su Cuerpo místico? Por eso el Apóstol predilecto de Cristo nos amonesta así: Si alguno dijere que ama a Dios mientras odia a su hermano, es mentiroso. Porque quien no ama a su hermano, a quien tiene ante los ojos, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve? Y este mandato hemos recibido de Dios: que quien ame a Dios, ame también a su hermano [
1 Jn 4, 20-21]. Más aún: se debe afirmar que estaremos tanto más unidos con Dios y con Cristo, cuanto más seamos miembros uno de otro [Rom 12, 5] y más solícitos recíprocamente [1 Cor 12, 25]; como, por otra parte, tanto más unidos y estrechados estaremos por la caridad cuanto más encendido sea el amor que nos junte a Dios y a nuestra divina Cabeza.

Continuará

lunes, 13 de noviembre de 2017

Carta Encíclica Mystici Corporis Christi del Papa Pío XII, promulgada el 29 de junio de 1943 [9]

Mystici Corporis Christi
SOBRE EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO
Carta Encíclica del Papa Pío XII 
promulgada el 29 de junio de 1943


64. De cuanto venimos escribiendo y explicando, Venerables Hermanos, se deduce absolutamente el grave error de los que a su arbitrio se forjan una Iglesia latente e invisible, así como el de los que la tienen por una institución humana dotada de una cierta norma de disciplina y de ritos externos, pero sin la comunicación de una vida sobrenatural [Cf. LÉON XIII, Lettre encyclique Satis cognitum du 29 juin 1896. ASS XXVIII (1895-1896) 710. Cf. SVS n. 606]. Por el contrario, a la manera que Cristo, Cabeza y dechado de la Iglesia, no es comprendido íntegramente, si en Él se considera sólo la naturaleza humana visible… o sola la divina e invisible naturaleza… sino que es uno sólo con ambas y en ambas naturalezas…; así también acontece en su Cuerpo Místico[LÉON XIII, ibidem, p. 710. Cf. SVS n. 606], toda vez que el Verbo de Dios asumió una naturaleza humana pasible para que el hombre, una vez fundada una sociedad visible y consagrada con sangre divina, fuera llevado por un gobierno visible a las cosas invisibles [S. THOMAS, De veritate, q. 29, art. 4 ad 3].

65. Por lo cual lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sueñan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que -no sin desdén- oponen otra que llaman jurídica. Pero se engañan al introducir semejante distinción; pues no entienden que el Divino Redentor, por este mismo motivo, quiso que la comunidad por Él fundada fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la Redención[Cf. Concile du Vatican, sess. IV : Const. dogm. de Eccl., prol. Denzinger n. 1821]. Y para lograr este mismo fin, procuró que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Espíritu Paráclito. El Eterno Padre la quiso, ciertamente, como Reino del Hijo de su amor [Col 1, 13]; pero un verdadero Reino, en el que todos sus fieles le rindiesen pleno homenaje de su entendimiento y voluntad [Cf Concile du Vatican, sess. III : Const. de fide cath., ch. 3. Denzinger n, 1790], y con ánimo humilde y obediente se asemejasen a Aquel que por nosotros se hizo obediente hasta la muerte [Fil 2, 8]. No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los Pastores y Doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades -como en nosotros el cuerpo y el alma- se completan y perfeccionan mutuamente y proceden del mismo Salvador nuestro, quien no sólo dijo al infundir el soplo divino: Recibid el Espíritu Santo [Jn 20, 22], sino también imperó con expresión clara:  Como me envió el Padre, así os envío  Yo[Jn 20, 21]; y asimismo: El que a vosotros oye, a Mí me oye  [Lc 10, 16].

66. Y si en la Iglesia se descubre algo que arguye la debilidad de nuestra condición humana, ello no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al malinclinación, que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo Místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los Pastores y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana. Porque Cristo, como dijimos arriba, no quiso excluir a los pecadores de la sociedad por Él formada; si, por lo tanto, algunos miembros están aquejados de enfermedades espirituales, no por ello hay razón para disminuir nuestro amor a la Iglesia, sino más bien para aumentar nuestra compasión hacia sus miembros.
Y, ciertamente, esta piadosa Madre brilla sin mancha alguna en los sacramentos, con los que engendra y alimenta a sus hijos; en la fe, que en todo tiempo conserva incontaminada; en las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos evangélicos, con que amonesta; y, finalmente, en los celestiales dones y carismas con los que, inagotable en su fecundidad [Cf. Concile du Vatican, sess. III : Const. de fide cath., ch. 3. Denzinger n. 1794], da a luz incontables ejércitos de mártires, vírgenes y confesores. Y no se le puede imputar a ella si algunos de sus miembros yacen postrados, enfermos o heridos, en cuyo nombre pide ella a Dios todos los días: Perdónanos nuestras deudas, y a cuyo cuidado espiritual se aplica sin descanso con ánimo maternal y esforzado.
De modo que, cuando llamamos Místico al Cuerpo de Jesucristo, el mismo significado de la palabra nos amonesta gravemente, amonestación que en cierta manera resuena en aquellas palabras de San León: Conoce, oh cristiano, tu dignidad, y, una vez hecho participante de la naturaleza divina, no quieras volver a la antigua vileza con tu conducta degenerada. Acuérdate de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro [Mt 6, 12].

67. Plácenos ahora, Venerables Hermanos, tratar muy de propósito de nuestra unión con Cristo en el Cuerpo de la Iglesia, que si -como con toda razón afirma San Agustín [S. LÉON LE GRAND, Sermo XXI, 3. PL 54, 192-193] - es cosa grande, misteriosa y divina, por eso mismo sucede con frecuencia que algunos la entienden y explican desacertadamente. Y, ante todo, es evidente que se trata de una misión estrechísima. Y así es como, en la Sagrada Escritura, se la coteja con el vínculo del santo matrimonio y se la compara con la unidad vital de los sarmientos y la vida y la del organismo de nuestro cuerpo [Cf. S. AUGUSTIN, Contra Faustum, 21, 8. PL 42, 392]; y en los mismos libros inspirados se la presenta tan íntima que antiquísimos documentos, constantemente transmitidos por los Santos Padres y fundados en aquello del Apóstol: El mismo [Cristo] es la cabeza de la Iglesia [Cf Ef 5, 22-23 ; Jn 15, 1-5 ; Ef 4, 16], enseñan que el Redentor divino constituye con su Cuerpo social una sola persona mística, o, como dice San Agustín, el Cristo íntegro [Col 1, 18]. Más aún, nuestro mismo Salvador, en su oración sacerdotal, no dudó en comparar esta unión con aquella admirable unidad por la que el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo [S. AUGUSTIN, Enarr. in Ps. XVII, 51, et XC, II, 1. PL 36, 154 et 37, 1159].

68. Nuestra trabazón en Cristo y con Cristo consiste, en primer lugar, en que, siendo la muchedumbre cristiana por voluntad de su Fundador un Cuerpo social y perfecto, ha de haber una unión de todos sus miembros por lo mismo que todos tienden a un mismo fin. Y cuanto más noble es el fin que persigue esta unión y más divina la fuente de que brota, tanto más excelente será sin duda su unidad. Ahora bien; el fin es altísimo: la continua santificación de los miembros del mismo Cuerpo para gloria de Dios y del Cordero que fue sacrificado [Jn 17, 21-23]. Y la fuente es divinísima, a saber: no sólo el beneplácito del Eterno Padre y la solícita voluntad de nuestro Salvador, sino también el interno soplo e impulso del Espíritu Santo en nuestras mentes y en nuestras almas. Porque si ni siquiera un mínimo acto que lleve a la salvación puede ser realizado sino en virtud del Espíritu Santo, ¿cómo podrán tender innumerables muchedumbres de todas las naciones y pueblos de común acuerdo a la mayor gloria de Dios Trino y Uno, sino por virtud de Aquel que procede del Padre y del Hijo por un solo y eterno hálito de amor?


(Continuará)

Carta Encíclica Mystici Corporis Christi del Papa Pío XII, promulgada el 29 de junio de 1943 [8]

Mystici Corporis Christi
SOBRE EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO
Carta Encíclica del Papa Pío XII 
promulgada el 29 de junio de 1943


59. Nuestra exposición en torno a la Cabeza mística[Cf. Ambrose, De Elia et ieiun.,10, 36-37, et In Psalm. 118, serm. 20, 2; Migne, P.L., XIV, 710 et XV, 1483] quedaría incompleta, si no tratáramos, siquiera brevemente, de aquel texto del Apóstol: Cristo es la Cabeza de la Iglesia: El es el Salvador de su Cuerpo[Ef 5, 23]. Porque con estas palabras se indica su última razón por la que el Cuerpo de la Iglesia se honra con el nombre de Cristo, a saber: que Cristo es el Salvador divino de este Cuerpo. El, con toda justicia, fue llamado por los samaritanos Salvador del mundo[Jn 4, 42]; más aún, sin ninguna vacilación debe ser llamado Salvador de todos, aunque con San Pablo hay que añadir: mayormente de los fieles[1 Tim 4, 10]. Es decir, que con preferencia sobre los demás adquirió con su sangre aquellos sus miembros que constituyen la Iglesia [Hech 20, 28)]. Pero, habiendo expuesto ya estas cosas cuando anteriormente hemos tratado del nacimiento de la Iglesia en la Cruz, de Cristo dador de la luz y causa de la santidad y de él mismo como sustentador de su Cuerpo místico, no hay por qué las explanemos más largamente, sino más bien meditémoslas con ánimo humilde y atento, dando gracias incesantes a DiosY lo que nuestro Salvador incoó un día, cuando estaba pendiente de la Cruz, no deja de hacerlo constantemente y sin interrupción en la patria bienaventurada: Nuestra Cabeza -dice San Agustín- intercede por nosotros: a unos miembros los recibe, a otros los azota, a unos los limpia, a otros los consuela, a otros los crea, a otros los llama, a otros los vuelve a llamar, a otros los corrige, a otros los reintegra[Enarr. in Ps., LXXXV, 5; Migne, P.L., XXXVII, 1085]. Y a Cristo debemos prestar ayuda en esta obra salvadora todos nosotros, pues de uno mismo y por uno mismo recibimos la salvación y la damos[ Clem. Alex., Strom., VII, 2; Migne, P.G. IX, 413].

60. Porque mientras en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia, en el Cuerpo místico, por lo contrario, la fuerza que opera la recíproca unión, aunque íntima, junta entre sí los miembros de tal modo que cada uno disfruta plenamente de su propia personalidad. Añádase a esto que, si consideramos las mutuas relaciones entre el todo y los diversos miembros, en todo cuerpo físico vivo todos los miembros tienen como fin supremo solamente el provecho de todo el conjunto, mientras que todo organismo social de hombres, si se atiende a su fin último, está ordenado en definitiva al bien de todos y cada uno de los miembros, dada su cualidad de personas.

61. Así que -volviendo a nuestro asunto- como el Hijo del Eterno Padre bajó del Cielo para la salvación perdurable de todos nosotros, del mismo modo fundó y enriqueció con el Espíritu divino al Cuerpo de la Iglesia para procurar y obtener la felicidad de las almas inmortales, conforme a aquello del Apóstol: Todo es vuestro y vosotros sois de Cristo; y Cristo es de Dios[I Cor., III, 23; Pius XI, Divini Redemptoris: A.A.S., 1937, p. 80.]. Porque la Iglesia, fundada para el bien de los fieles, tiene como destino la gloria de Dios y del que El envió, Jesucristo.

62. Y si comparamos el Cuerpo místico con el moral, entonces observaremos que la diferencia existente entre ambos no es pequeña, sino de suma importancia y trascendencia. Porque en el cuerpo que llamamos moral el principio de unidad no es sino el fin común y la cooperación común de todos a un mismo fin por medio de la autoridad social; mientras que en el Cuerpo místico, de que tratamos, a esta cooperación se añade otro principio interno que, existiendo de hecho y actuando en toda la contextura y en cada una de sus partes, es de tal excelencia que por sí mismo sobrepuja inmensamente a todos los vínculos de unidad que sirven para la trabazón del cuerpo físico o moral. Es éste, como dijimos arriba, un principio no de orden natural, sino sobrenatural, más aún, absolutamente infinito e increado en sí mismo, a saber, el Espíritu divino, quien, como dice el Angélico, siendo uno y el mismo numéricamente, llena y une a toda la Iglesia  [De Veritate, q. 29, a. 4, c.]

63. El justo sentido de esta palabra nos recuerda, según eso, cómo la Iglesia, que ha de ser tenida por una sociedad perfecta en su género, no se compone sólo de elementos y constitutivos sociales y jurídicos. Es ella muy superior a todas las demás sociedades humanas [Cf. Leo XIII, Sapientiae Christianae: A.S.S., XXII, p. 392]a las cuales supera como la gracia sobrepasa a la naturaleza y como lo inmortal aventaja a todas las cosas perecederas [Cf. Leo XIII, Satis Cognitum: A.S.S., XXVIII, p. 724.]. Y no es que se haya de menospreciar ni tener en poco a estas otras comunidades y, sobre todo, a la sociedad civil; sin embargo, no está toda la Iglesia en el orden de estas cosas, como no está todo el hombre en la contextura material de nuestro cuerpo mortal [Cf. Ibidem, p. 710]. Pues, aunque las relaciones jurídicas, en las que también estriba y se establece la Iglesia, proceden de la constitución divina dada por Cristo y contribuyen al logro del fin supremo, con todo, lo que eleva a la sociedad cristiana a un grado que está por encima de todos los órdenes de la naturaleza es el Espíritu de nuestro Redentor, que, como manantial de todas las gracias, dones y carismas, llena constante e íntimamente a la Iglesia y obra en ella. Porque, así como el organismo de nuestro cuerpo mortal, aun siendo obra maravillosa del Creador, dista muchísimo de la excelsa dignidad de nuestra alma, así la estructura de la sociedad cristiana, aunque está pregonando la sabiduría de su divino Arquitecto, es, sin embargo, una cosa de orden inferior si se la compara ya con los dones espirituales que la engalanan y vivifican, ya con su manantial divino.

(Continuará)

martes, 7 de noviembre de 2017

Carta Encíclica Mystici Corporis Christi del Papa Pío XII, promulgada el 29 de junio de 1943 [7]


Mystici Corporis Christi
SOBRE EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO
Carta Encíclica del Papa Pío XII 
promulgada el 29 de junio de 1943


52. Lo que acabamos de exponer, Venerables Hermanos, explanando breve y concisamente la manera cómo quiere Cristo Nuestro Señor que de su divina plenitud afluyan sus abundantes dones a toda la Iglesia, para que ésta se le asemeje cuanto es posible, sirve no poco para explicar la tercera razón que demuestra cómo el Cuerpo social de la Iglesia se honra con el nombre de Cristo: la cual consiste en el hecho de que nuestro Redentor mismo sustenta con divino poder la sociedad por El fundada.

53. Como sutil y agudamente advierte Belarmino
Cf. S. ROBERT BELLARMIN, De Rom. Pont., I, 9 ; De Concil., II, 19], tal denominación Cuerpo de Cristo no solamente proviene de que Cristo debe ser considerado Cabeza de su Cuerpo místico, sino también de que de tal modo sustenta a su Iglesia, y en cierta manera vive en ella, que ésta subsiste casi como un segundo Cristo
Y así lo afirma el Doctor de las Gentes escribiendo a los Corintios, cuando sin más aditamento llama Cristo a la Iglesia [1Cor. 12, 12], imitando en ello al Divino Maestro que a él mismo, cuando perseguía a la Iglesia, le habló de esta manera: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? [ Hech 9, 4; 22, 7; 26,14]. Más aún, si creemos al Niseno, el Apóstol con frecuencia llama Cristo a la Iglesia [Cf. S. GRÉGOIRE de Nysse, De vita Moysis. PG 44, 385]; y no ignoráis, Venerables Hermanos, aquella frase de San Agustín: Cristo predica a Cristo [ S. AUGUSTIN, Sermo CCCLIV, 1. PL 39, 1563].

54. Sin embargo, tan excelso nombre no se ha de entender como si aquel vínculo inefable, por el que el Hijo de Dios asumió una concreta naturaleza humana, se hubiera de extender a la Iglesia universal; sino que significa cómo nuestro Salvador de tal manera comunica a su Iglesia los bienes que le son propios, que la Iglesia, en todos los órdenes de su vida, tanto visible como invisible, reproduce en sí lo más perfectamente posible la imagen de Cristo. Porque por la misión jurídica, con la que el Divino Redentor envió a los Apóstoles al mundo, como Él mismo había sido enviado por el Padre [cfr Jn 17, 18; 20, 21], 
Él es quien por la Iglesia bautiza, enseña, gobierna, desata, liga, ofrece, sacrifica.

55. Y por aquel don más elevado, interior y verdaderamente sublime, de que arriba hablamos, describiendo cómo influye la Cabeza en los miembros, Cristo Nuestro Señor hace que la Iglesia viva de su misma vida divina, da vida a todo el Cuerpo con su virtud infinita, y alimenta y sustenta a cada uno de los miembros, según el lugar que en el Cuerpo ocupan, como la vid, si a ella están unidos, nutre sus sarmientos y hace que fructifiquen [
Cf. LÉON XIII, Lettre encyclique Sapientiae christianae du 10 janvier 1890. ASS XXII (1889-1890) 392 ; Lettre encyclique Satis cognitum du 29 juin 1896. ASS XXVIII (1895-1896) 710. Cf. SVS n. 875 et n. 605].

56. Y si consideramos atentamente este principio de vida y de virtud dado por Cristo, en cuanto constituye la fuente misma de todo don y de toda gracia creada, entenderemos fácilmente que no es otro sino el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que de una manera peculiar se llama Espíritu de Cristo o Espíritu del Hijo [
Rom. 8, 9; Gal. 4, 6; Cf. 2 Cor 3, 17]. 
Por obra de este Espíritu de gracia y de verdad el Hijo de Dios adornó su alma en el seno inmaculado de la Virgen; este Espíritu tiene sus delicias en habitar en el alma bienaventurada del Redentor como en su amadísimo templo; este Espíritu nos lo mereció Cristo con su sangre derramada en la Cruz; este Espíritu, finalmente, alentado sobre sus Apóstoles, lo concedió a la Iglesia para la remisión de los pecados [Jn 20, 22]; y, mientras sólo Cristo recibió este Espíritu sin medida [Jn 3, 34], a los miembros de su Cuerpo místico se les da, de la plenitud de Cristo, sólo en la medida de la donación del mismo Cristo [ Ef. 1, 8; 4, 7]. 
Y después que Cristo fue glorificado en la Cruz, su Espíritu se comunica a la Iglesia con una efusión abundantísima, a fin de que Ella y cada uno de sus miembros se asemejen cada día más a nuestro Divino Salvador. El Espíritu de Cristo es el que nos hizo hijos adoptivos de Dios [Rom 8, 14-17; Gal 4, 6-7], para que algún día todos nosotros, contemplando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, nos transformemos en la misma imagen de gloria en gloria [2 Cor 3, 18].

57. A este Espíritu de Cristo, como a principio invisible, ha de atribuirse también el que todas las partes estén íntimamente unidas, tanto entre sí, como con su excelsa Cabeza, estando como está todo en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros: en los cuales está presente, asistiéndoles de muchas maneras y según sus diversos cargos y oficios, según el mayor o menor grado de perfección espiritual de que gozan. 
Él, con su celestial hálito de vida, ha de ser considerado como el principio de toda acción vital y saludable en todas las partes del Cuerpo místico. Él, aunque se halle presente por sí mismo en todos los miembros y en ellos obre con su divino influjo, se sirve del ministerio de los superiores para actuar en los inferiores.Él, finalmente, mientras engendra cada día nuevos miembros a la Iglesia con la acción de su gracia, rehúsa habitar con la gracia santificante en los miembros totalmente separados del Cuerpo .importante Presencia y operación del Espíritu de Cristo, que significó breve y concisamente Nuestro sapientísimo Predecesor León XIII, de i. m., en su encíclica Divinum illud, con estas palabras: Baste saber que mientras Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma [LÉON XIII, Lettre encyclique Divinum illud du 9 mai 1897. ASS XXIX].

58. Pero si consideramos esta virtud y fuerza vital, con la que toda la comunidad cristiana es sustentada por su Fundador, no ya en sí misma, sino en los efectos creados que de ella nacen, veremos que consiste en los dones celestiales que nuestro Redentor concede a la Iglesia juntamente con su Espíritu y produce a una con este mismo dador de la luz sobrenatural y autor de la santidad. Así que la Iglesia, lo mismo que todos sus santos miembros, pueden hacer suya esta sublime frase del Apóstol: Y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí [Gal 2, 20].

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Gravedad del pecado Parte 2 (Don Gil de la Pisa)

Duración 23:40 minutos

domingo, 5 de noviembre de 2017

7 hábitos que te harán santo (P. John McClosey)



Primero: recuerda que el crecimiento en estos hábitos diarios son como una dieta o un programa de ejercicio físico, es un trabajo de proceso gradual. No esperes incorporar los siete o aún dos o tres de ellos en tu agenda diaria inmediatamente. No puedes correr una carrera de cinco kilómetros si antes no te has entrenado. Tampoco puedes tocar a Liszt a la tercera clase de piano. Esta prisa te invita al fracaso, y Dios quiera que tengas éxito tanto en tu ritmo como en el Suyo. Debes trabajar cercanamente con tu director espiritual y gradualmente incorporar los hábitos a tu vida en el período de tiempo que corresponda a tu particular situación. Puede ser el caso que por las circunstancias de tu vida se requiera la modificación de los siete hábitos.
Segundo: al mismo tiempo tu debes hacer el firme propósito, con la ayuda del Espíritu Santo y tus especiales intercesores, para hacer de ellos la prioridad de tu vida - más importante que comer, dormir, trabajar y descansar-. Quiero aclararte que estos hábitos no se pueden adquirir a las corridas. Ese no es el modo como nosotros queremos tratar a los que amamos. Ellos deben hacerse cuando estemos más atentos durante el día en un lugar en silencio y sin distracciones; donde sea fácil ponerse en presencia de Dios y estar con Él. Después de todo, ¿no es más importante nuestra vida eterna que nuestra vida temporal? Todo esto redundará al momento de nuestro juicio como una cuenta de amor a Dios en nuestro corazón.

Tercero: quiero dejar en claro que vivir los hábitos no es pérdida de tiempo. No estás perdiendo el tiempo, en realidad lo ganas. Nunca conocerás una persona que viva todos ellos diariamente que sea menos productiva como trabajador o peor esposo o que tenga menos tiempo para sus amigos o no pueda cultivar su vida intelectual. Todo lo contrario, Dios siempre recompensa a los que lo ponen a El primero. Nuestro Señor multiplicará asombrosamente tu tiempo como multiplicó los panes y los peces y dio de comer a la multitud hasta saciarse. Puedes estar seguro de que el papa Juan Pablo II, la Madre Teresa o San Maximiliano Kolbe rezan o han rezado mucho más que la hora y media que se sugiere en estos hábitos repartidos a lo largo del día.


Primer Hábito


El primer hábito es el ofrecimiento del día por la mañana; cuando te arrodillas y, utilizando tus propias palabras o una fórmula, ofreces todo tu día a la gloria de Dios. Lo que no es simple es lo que sucederá antes del ofrecimiento. "Véncete cada día desde el primer momento, levantándote en punto, a la hora fija, sin conceder ni un minuto a la pereza.
Si con la ayuda de Dios te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada.
¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza! (San Josemaría- Camino, 191)
En mi experiencia pastoral, quien puede vivir el "minuto heroico" en la mañana y a la noche va a la cama en el tiempo previsto, tiene la energía física y espiritual a lo largo del día para parar lo que este haciendo para cumplir los otros hábitos.


Segundo Hábito


El segundo hábito es por lo menos quince minutos de oración en silencio.Puedes agregar otros quince minutos extras en otro momento del día. Después de todo, ¿Quién no desea pasar más tiempo con tan excelente compañía? La oración es una conversación uno a uno, directa con Jesucristo, preferentemente frente al Santísimo Sacramento en el Sagrario. Esta es tu hora de la verdad o tu momento superior. Si lo deseas puedes abrirte y hablar acerca de lo que está en tu mente y en tu corazón. Al mismo tiempo adquirirás el hábito de escuchar cuidadosamente y meditar como otra María (Lc. 10.38-42) para ver qué es lo que Jesús te está pidiendo y qué te quiere dar. Es aquí que nosotros comprendemos su dicho "Sin Mí, nada pueden hacer."


Tercer Hábito


El tercer hábito son quince minutos de lectura espiritual que usualmente consistirá en unos pocos minutos de sistemática lectura del Nuevo Testamento, para identificarnos con la Palabra y acciones de nuestro Salvador. El resto del tiempo en un libro clásico de espiritualidad católica recomendado por tu director espiritual. En cierto sentido, es el más práctico de nuestros hábitos porque a través de los años leeremos varias veces la vida de Cristo y adquiriremos la sabiduría de los santos y de la Iglesia junto con la lectura de docenas de libros, los cuales enriquecerán nuestro intelecto. También podremos poner las ideas allí expresadas en acción.


Cuarto Hábito


El cuarto hábito es participar en la Santa Misa y recibir la Santa Comunión en estado de gracia. Este es el hábito más importante de todos los siete (cfr. Jn. 6, 22-65). Ella debe estar muy en el centro de nuestra vida interior y consecuentemente de nuestro día. Este es el acto más íntimo, posible del hombre. Encontramos a Cristo vivo, participamos en la renovación de Su sacrificio por nosotros y nos unimos a su cuerpo y alma resucitado. Como el papa Juan Pablo II dijo en su Exhortación Apostólica Ecclesia in America "La Eucaristía es el centro viviente y eterno centro alrededor del cual la comunidad entera de la Iglesia se congrega" (n°35).


Quinto Hábito


El quinto hábito es rezar cada día al mediodía el Angelus o Regina Coeli invocando a Nuestra Santísima Madre de acuerdo al tiempo litúrgico. Esta es una costumbre católica que se remonta a muchos siglos. Este es un hermoso modo de honrar a Nuestra Señora por un momento. Como niños recordamos a Nuestra Madre durante el día y meditamos sobre la Encarnación y Resurrección de Nuestro Señor, el cual da sentido a toda nuestra existencia.


Sexto Hábito


El sexto hábito también es Mariano. El rezo del Santo Rosario cada día y la meditación de los misterios, los cuales versan sobre la vida de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Es un hábito que, una vez adquirido es difícil abandonar. Junto con la repetición de las palabras de amor a María y el ofrecimiento de cada decena por nuestras intenciones, nosotros tomamos un atajo hacia Jesús el cual pasa a través del corazón de María. El no puede rechazar nada de Ella.


Séptimo Hábito


El séptimo hábito es un breve examen de conciencia por la noche antes de ir a la cama. Te sientas, pides luces al Espíritu Santo y por varios minutos revisas tu día en presencia de Dios preguntándote si te has comportado como un hijo de Dios en el hogar, en el trabajo, con tus amigos. También miras una particular área, la cual tu tienes identificada con ayuda de tu director espiritual, quien conoce tus necesidades para mejorar y llegar a la santidad. También puedes hacer una rápida mirada para ver si has sido fiel en los hábitos diarios que hemos discutidos en este artículo. Luego haces un acto de gratitud por todo lo bueno que has hecho y recibido, y un acto de contrición por aquellos aspectos en los que voluntariamente has fallado.


Si una persona honestamente mirase su día, no importa cuán ocupado esté, (y nunca me pareció encontrarme con gente que no esté muy ocupada a no ser que esté permanentemente retirada), puede frecuentemente encontrar que usualmente mal gasta un poco de tiempo cada día. Piensa, ¿qué necesidad hay de una taza de café extra cuando puedes usar ese tiempo para visitar el Santísimo Sacramento, quince minutos antes de comenzar el trabajo? O la media hora o mucho más, gastada mirando programas de televisión o videos. También es común, gastar tiempo durmiendo en el tren o escuchando la radio en el auto cuando puede ser usado para rezar el Rosario. Como también, ¿el diario no lo puedes leer en diez minutos en lugar de veinte dejando espacio para la lectura espiritual?


¿Y esa comida no podría hacerse en media hora dejando espacio para la Misa? No olvides que esta media hora es tiempo mal gastado cuando al final del día podrías haberla usado para una buena lectura espiritual, examinar tu conciencia e ir a la cama a tiempo para recuperar energías para las batallas del día siguiente. La lista continúa. Puedes hacer la tuya.


Sé honesto contigo y con Dios. Estos hábitos, vividos bien, nos capacitan para obedecer la segunda parte del gran mandamiento amar a los otros como a nosotros mismos. Estamos en la tierra como estuvo el Señor "para servir y no para ser servido." Esto sólo puede ser alcanzado junto a nuestra gradual transformación en otro Cristo a través de la oración y los sacramentos. Viviendo estos siete hábitos llegaremos a ser personas santas y apostólicas, gracias a Dios. Ten por seguro que, cuando caigamos en algo grande o pequeño, siempre tendremos un Padre que nos ama y espera en el Sacramento de la Penitencia y la devota ayuda de nuestro consejero espiritual para que volvamos a nuestro curso correcto.

Padre John McClosey