lunes, 17 de junio de 2013

Dios quiere mi corazón (3 de 4) [José Martí]



Todos tenemos la experiencia, en la vida diaria,  de que el que ama a otra persona lo único que desea de esa persona es verse correspondido en su amor con un amor semejante.

Esto mismo le ocurre a Dios. Al fin y al cabo, hemos sido creados a su imagen y semejanza (Gen 1,26). Puesto que ahora el que ama es Dios, y ama con amor infinito, dándonos a su propio Hijo "como víctima propiciatoria por nuestros pecados" (1 Jn 4,10), ¿qué puede esperar de nosotros sino que lo amemos también del modo en que Él nos ama? 


Nos asusta esta idea, porque pensamos, y con razón, que nosotros somos completamente incapaces de amar a Dios como Él se merece. Un amor infinito requeriría una respuesta de valor infinito... y nosotros somos finitos, limitados. Y así es, en efecto. Pero curiosamente desde el momento en que Dios se nos ha dado por completo a Sí Mismo en su Hijo, dándonos a Jesucristo, nos ha dado (con Él)  su  propia Vida. Y esta Vida que es Cristo, es ya realmente nuestra: "Para mí el vivir es Cristo" (Fil 1,21). "Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). El mismo Jesús así lo expresó también: "Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él" (Jn 6,56)

Y siendo esto así, como lo es, ahora sí que tenemos la posibilidad de dar a Dios una respuesta perfecta de amor. Evidentemente, para eso es necesario que Cristo sea nuestra Vida. Y esto es solo posible si le entregamos la nuestra: nuestros planes, nuestros proyectos, nuestra voluntad, nuestros pensamientos, todo lo que somos y lo que tenemos. 



Como le dijo Jesús a Santa Catalina de Siena: "Preocúpate de Mí que Yo me preocuparé de tí". Tendría que ser Jesús tan importante para nosotros que cayéramos en la cuenta de que "sólo una cosa es necesaria" (Lc 10, 42). Cuando, ayudados por la gracia,  le fuéramos dando todo a Dios, día tras día, minuto tras minuto, ..., cuando nuestro corazón no nos perteneciera porque se lo hubiésemos entregado todo a Él, cuando no estuviésemos apegados a nada porque sólo nos importara el amor a Jesús y el cumplimiento de su voluntad, cuando nuestra vida ya no fuera nuestra, porque se la hubiéramos entregado a Él por completo entonces, y sólo entonces, estaríamos en condiciones de dar la respuesta adecuada a Dios, porque sólo entonces Jesús sería nuestra Vida. Y nuestra respuesta al Padre sería la de su propio Hijo, cuya Vida poseemos. 

Esto es hermoso, pero es mucho más que hermoso. Se ha hecho realidad en muchas personas desde que Cristo vino a este mundo, se ha hecho realidad en sus santos. Y a eso estamos llamados, precisamente, todos los cristianos. 

De modo pues que el amor, como algo constitutivo que es de la naturaleza humana, nunca puede (¡no debe!) ser un fastidio. Dios no quiere fastidiarnos cuando nos ama sino elevarnos a Él.  Por supuesto que nos lo pide todo. Pero es que primero nos lo ha dado todo: "¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?" (1 Cor 4, 7). 

¿Hay algo más bello que darle a Dios aquello que Él nos ha dado primero?  Además "hay más dicha en dar que en recibir" (Hech 20,35), según palabras del mismo Jesús. 

Ciertamente se trata una tarea difícil y que supone un esfuerzo continuado. Es más: sería, en realidad, una tarea imposible, dada nuestra naturaleza humana actual, que es una naturaleza caída por el pecado de origen (aunque redimida por la muerte de Jesús). Pero tenemos la seguridad de que la gracia del Señor nunca nos va a faltar, si se la pedimos con fe. Aun siendo verdad lo que dijo Jesús sobre Sí mismo, con relación a nosotros: "Sin Mí nada podéis hacer" (Jn 15,5) también lo aquello otro que dijo San Pablo: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Fil 4,13). 

Por eso no tenemos derecho a tirar la toalla ni a desalentarnos, por muy dura que sea la batalla y por grandes que sean las heridas que recibamos.

sábado, 15 de junio de 2013

Dios quiere mi corazón (2 de 4) [José Martí]


Y en el pecado va la penitencia, porque el hombre de hoy no es feliz (¡no puede serlo!). Alejado de Dios, se ha alejado del Amor, de la fuente de todo amor verdadero y, por lo tanto, de la alegría verdadera, de toda alegría que merezca tal nombre.


El Evangelio entero rebosa de alegría; y podría ocurrir –lo que sería una desgracia- que pasáramos por esta vida sin habernos enterado de esta realidad del amor de Dios, que es lo único que nos puede hacer verdaderamente felices, ya desde ahora. Pues la verdadera alegría, la única que merece ser llamada así, es la que proviene de Dios. Es por eso que el segundo de los frutos del Espíritu Santo, inmediatamente después del amor, es la alegría: "Los frutos del Espíritu son: caridad, alegría, paz, etc" (Gal 5,22). 
Amor y alegría van íntimamente unidos: son inseparables. 

Lo que tiene mucho sentido. Al fin y al cabo "Dios es Amor" ("Deus caritas est")  (1 Jn 4,8), expresión que podríamos también traducir (si pensamos en el amor de Dios para con nosotros) como: Dios me ha dado su corazón. Dios me quiere con locura. Mi creador ha querido ser también mi amigo: es realmente mi amigo, mi amigo del alma, pues sus palabras no son metáforas, sino pura realidad:"Ya no os llamo siervos sino amigos" (Jn 15,15). 
Si Él nos llama amigos es que lo somos. Pero nos lo ha podido decir, y nosotros lo hemos podido oír porque se hizo hombre, verdaderamente hombre, como cualquiera de nosotros, sin dejar de ser Dios: "probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado" (Heb 4,15). 

De no haber tomado nuestra naturaleza humana, nuestra relación con Él hubiese sido, como mucho, la de adorarle, pedirle cosas y darle gracias (como Dios que es) pero nunca hubiera podido ser una relación tierna y amorosa que es la que Él ha querido tener con cada uno de nosotros. 


Nuestra naturaleza es de tal índole que necesita de los sentidos (la vista, el oído, el tacto, etc) para poder conocer y para poder amar.  Por eso cuando Felipe le dice: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta",  Jesús le contesta: "Tanto tiempo como estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? El que me ve a Mí, ve al Padre" (Jn 14, 8-9). Realidad ésta que lleva a Jesús a clamar: "El que me ve a mí ve al que me ha enviado" (Jn 12,45). Pues es lo cierto que "a Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, Él mismo es quien nos lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18)


Jesús ha sido enviado por el Padre con una misión, una misión que lo es todo para Jesús. Para eso vive: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y acabar su obra" (Jn 4,34).  Y en otro lugar: "He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 6,38). Y  "ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día" (Jn 6,40). 

Cuando Jesús dice: "Como el Padre me amó así Yo os he amado", añade: "Permaneced en mi amor" (Jn 15,9). Y es que, puesto que "Dios es Amor" ( 1 Jn 4,8)  lo que Él quiere de cada uno de nosotros es precisamente nuestro amor, que permanezcamos en su amor. Aunque esto parezca increíble, porque realmente lo es, resulta que Dios desea mi amor. Él me lo ha dado todo (dándose a Sí mismo) y quiere que yo también se lo dé todo: "No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mt 6,24). "Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios" (Lc 9,62). "Si alguno quiere venir detrás de Mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la encontrará" (Mc 8, 34-35).  En todos estos versículos del Evangelio se observa la radicalidad que supone el seguimiento de Jesús. Y es que el Amor total que Dios nos tiene, manifestado en Jesucristo, requiere una respuesta de amor en totalidad, por nuestra parte. 


¿Es que Dios quiere acaso fastidiarnos nuestra existencia? Todo lo contrario. Hemos sido creados por el Amor y hemos sido creados para amar: sólo el Amor puede dar sentido a nuestra existencia, es el sentido de nuestra existencia. 
No puede ser de otra manera: Si Dios se introduce en nuestra vida y nos lo pide todo, es porque quiere hacernos entender que esta totalidad en la respuesta que se nos pide es una exigencia propia del Amor, del verdadero amor.

No debemos olvidar que "nosotros amamos porque Él nos amó primero" (1 Jn 4,19) y que este "amor de Dios se manifestó entre nosotros enviando a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por Él la vida" (1 Jn 4,9), pues en palabras del propio Jesús con respecto a su Persona, dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14,6). Dios se da todo Él a Sí Mismo en su Hijo. En el Hijo Dios nos lo da todo, pues el Hijo es consustancial al Padre (es el mismo y único Dios). De modo tal que, aun siendo Dios, el Ser infinito no nos podía dar más. Y esto por una única "razón", porque nos quiere: "razón" ciertamente incomprensible para nosotros, pero real.

jueves, 23 de mayo de 2013

Dios quiere mi corazón (1 de 4) [José Martí]




Dios nos quiere felices ... ya en esta vida; y puesto que hemos sido creados a su imagen y semejanza, en la medida en que descubramos cómo es este Dios de quien somos imagen, en esa misma medida comenzaremos a entender algo sobre nosotros mismos y sobre qué es aquello en lo que consiste la verdadera felicidad, que no es tal como el mundo la entiende.

¿Y cómo es Dios? ¿Cómo podemos conocerlo? Si abrimos el Nuevo Testamento, leemos: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor (1 Jn, 4,4). O sea, que sin amor el conocimiento de Dios es imposible. Pero no se trata aquí de cualquier amor:  "el amor consiste en que caminemos conforme a sus mandamientos (2 Jn, 1, 6). Es en la guarda de sus mandamientos en lo que consiste el amor... Tampoco se trata del amor, en generalse trata de su amorSi guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.."  (Jn 15, 10a). Esta unión entre la guarda de sus mandamientos y su amor, es algo que Jesús mismo hizo: "... como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor". (Jn 15, 10b). 

Lo que esto significa es que la señal inequívoca acerca de la veracidad del amor que decimos tener al Señor,  la única señal que no da lugar a ningún genero de dudas, se encuentra en el testimonio de nuestra vida, más que en nuestras palabras. Éstas se pueden prestar fácilmente a engaño. Y pueden confundir. Las obras, en cambio, no mienten.

Las palabras pueden ser, a veces, necesarias, sobre todo en determinados momentos (que serán diferentes para cada uno según cuál sea la función que desempeña en la sociedad). Y de hecho, los cristianos tenemos que "estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza" (1 Pe 3,15), lo que supone tener ideas muy claras acerca de nuestra fe, entre otras cosas... Pero lo que no podemos ni debemos de olvidar, so pena de vivir en la mentira, es que hablamos más y mejor de Jesús con nuestra vida que con nuestras palabras

Si no luchamos, si no nos esforzamos por vivir como Jesucristo vivió, por tener sus mismos pensamientos y sus mismos sentimientos... entonces es que, sencillamente, no lo amamos; al menos no lo amamos como se debe amar, por más que nuestras palabras estuvieran proclamando otra cosa... ¡Sería falso! Y nos estaríamos mereciendo, entonces, y con razón, el reproche que Jesús dirigió a los escribas y fariseos, cuando tachándolos de hipócritas, dijo: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí" (Mt 15,8).

Porque, en definitiva, eso es lo que Jesús quiere de nosotros, de cada uno: quiere nuestro corazón, puesto que Él nos ha dado ya el suyo. El cumplir sus mandamientos, en principio, sería lo de menos, si no estamos enamorados de Él, como Él lo está de nosotros. Por supuesto que es fundamental ese cumplimiento, pero no tanto en cuanto que se cumplen o dejan de cumplirse, sino en la medida en que se cumplen por amor a Él, porque lo queremos, porque sabemos que eso es lo que Él quiere... y eso fue lo que Él mismo hizo, con relación a su Padre. ¿Cómo puedo yo decir que amo a Dios si no cumplo sus mandamientos, o sea, si no hago lo que le agrada? Ese amor sería una farsa, no sería auténtico. No sería amor, en definitiva. De ahí la importancia de las obras, o sea, de la guarda de sus mandamientos.

Ésta es, en principio, la piedra de toque para conocer si alguien nos engaña o nos dice la verdad: a la gente se la conoce por lo que hace más que por lo que dice. Es curioso que el mismo Señor, cuyo mensaje es sobrenatural y con vistas a nuestra salvación eterna,  haya tenido que recordarnos esta verdad, que es tan evidente y tan de sentido común, en multitud de ocasiones, por ejemplo cuando dijo: "Todo árbol bueno da frutos buenos, y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo frutos buenos... Por tanto, por sus frutos los conoceréis" (Mt 7, 17-18.20)


Y es que, cuando nos alejamos de Dios, las cosas más evidentes se nos oscurecen. Perdemos la claridad de visión. De hecho, "éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios" (Jn 3, 19-21). 



¿Acaso no es de sentido común (y evidente, con la mayor de las evidencias) que el aborto es un crimen, que el matrimonio lo es siempre entre un hombre y una mujer, que la homosexualidad es una aberración contra natura, etc. Y, sin embargo, estas cosas se ven, hoy en día, no ya como algo negativo y no deseable, sino como un logro y un progreso, algo digno de ser alabado; y el que no piense de ese modo es tachado automáticamente de fundamentalista, retrógrado y otros calificativos por el estilo. Y, por supuesto, es perseguido, ridiculizado y silenciado.

¿Por qué el hombre de hoy se ha vuelto majara? ¿Por qué no es capaz de llamar normal a lo que es normal? ¿Por qué esa manía de no llamar a las cosas por su nombre? Pues la respuesta nos la ha dado ya San Juan. Lo hemos leído antes: "porque sus obras son malas ... y el que obra mal odia la luz". La mente del hombre se ha oscurecido porque se ha apartado de Dios. Y se ha vuelto completamente loco e incapaz de llamar "al pan pan y al vino vino". Eso es lo que ocurre cuando se da la espalda a Dios, a Aquel que es la Verdad, y que se ha revelado a Sí Mismo, haciéndose hombre en la Persona de su Hijo, o sea, en Jesucristo. 

miércoles, 24 de abril de 2013

Presentación de "Il Trovatore"

Este blog viene a ser, en realidad, un anexo del "Blog católico de José Martí" en el que escribo normalmente. La presentación de este blog viene ya dada, de alguna manera, en mi blog habitual, aunque seré más explícito.

La idea de este "nuevo" blog  es, básicamente, la de hacer un especial hincapié en la importancia de la poesía como medio para llegar a Dios pues, en definitiva, esa es la meta que da sentido a la vida de toda persona, sépalo ésta o no lo sepa.

Estoy convencido de que la poesía, si es verdadera y auténtica poesía, tiene como misión la de conducir  siempre a Dios, a Aquel que es la Verdad, la Bondad y la Belleza. 



De lo que se tratará en este blog es de hacer uso de la poesía, como modo particular de expresión de la belleza, al objeto de llegar al conocimiento y al amor de Dios, en la medida en la que esto es posible aquí, en el presente eón. 

Y es que cuando no se encuentran las palabras adecuadas para expresar determinado tipo de realidades, es lo propio  en las personas acudir a la belleza que encontramos a nuestro alrededor, tanto en la naturaleza como también, y sobre todo, en nosotros mismos, pues somos la obra maestra de Dios.

De una buena parte de esa poesía ya he hablado en el "Blog Católico de José Martí", aunque ese contenido ya no se encuentra en dicho blog sino que es aquí donde debe buscarse. Esa es la razón por la que, aun cuando el blog comienza ahora, se encuentran entradas que datan de octubre de 2010, que fue la fecha en la que comencé a escribir en mi blog inicial.

Básicamente, lo que se pretende en este blog es, además de lo que ya se ha  dicho, la redacción y comentario a algunas poesías que escribí hace algún tiempo y que publiqué en un folleto titulado El encanto de tu mirada. La influencia directa en la confección de dichas poesías (que son liras)  se encuentra en la lectura de Garcilaso de la Vega y de San Juan de la Cruz, sobre todo de este último. Dichas poesías se encuentran también muy influidas por la lectura del libro  bíblico El Cantar de los Cantares.

La única razón por la que quiero introducir aquí esas poesías es que a mí, personalmente, me ha hecho mucho bien tanto la redacción de las mismas, como su relectura posterior.   Respecto a su belleza literaria no me cabe duda de que está muy por debajo de lo normal, por la sencilla razón de que no soy literato ni domino la lengua española en toda su riqueza de figuras retóricas (metáforas, hipérboles, metonimias, epítetos, alegorías, pleonasmos, etc). 

Lo que sí puedo honradamente decir es que para mí son bellas... no todas, pero sí unas pocas a las que podía llamar mis hijas predilectas. Pues bien. Y esto es lo más importante: si algo de esa belleza que yo he intentado expresar (aunque no lo haya conseguido como quisiera, ni muchísimo menos) le sirviera a alguien, aunque sólo fuese a una persona, para querer más a Jesús y enamorarse de Él, daría por muy bien empleado todo el esfuerzo realizado que, ademas, me parecería muy pequeño.

José Martí

viernes, 12 de abril de 2013

LA ALEGRÍA CRISTIANA (3 de 3) [José Martí]



Es por eso que si sólo cuenta el placer, el confort y el pasarlo bien como las únicas motivaciones para vivir, entonces la vida pronto deja de tener  sentido... y aparece el vacío y el aburrimiento. A lo largo de toda una vida hay más problemas que situaciones agradables. Y si hacemos depender nuestra felicidad de que las cosas nos salgan bien, ... , es que tenemos un problema ... ¡y un problema gordo! Nos estamos engañando a nosotros mismos... ¡y lo sabemos!... Esa igualación felicidad = ausencia de dolor y de problemas, se corresponde con una visión hedonista de la vida que, por desgracia, es muy frecuente. Son pocos los que no la tienen.

El problema reside en que esa idea es falsa y no se corresponde con la realidad. Todos sabemos que son pocos los momentos placenteros en esta vida: si dependemos de ellos para ser o no ser felices, nos estamos condenando, de antemano, a vivir amargados. Esto lo vemos en muchas personas, entre las que nosotros podríamos también contarnos. Hoy es muy raro encontrarse con personas que sean felices, de verdad. Abundan poco, pero las hay. Yo tengo la satisfacción de conocer a personas así. Y me siento feliz de conocerlas: viéndolas entiendo que la felicidad en esta vida también es posible. Y se trata de personas sencillas, humildes y trabajadoras, que no piensan continuamente en sí mismas ni se quejan constantemente de sus problemas o dolencias, y me consta que los tienen ... Toda la gente tiene problemas, pero no toda la gente es feliz. ¡Qué pocos hay que sean felices de verdad!


¿Por qué algunos son felices y otros no? Desde luego no es por el dinero, ni el poder, ni la fama, ... Esas cosas no dan la felicidad... Pero son muchos los que piensan que sí la dan. Y se consumen por tener más dinero, más poder, más fama..., por tener... ¡siempre tener y tener cada vez más!. Esto es un grave error de perspectiva. Esta idea es radicalmente mentirosa... Y el vivir en la mentira no da la felicidad. Nunca es bueno vivir en el autoengaño. Es cierto que podemos hacerlo, por aquello de la libertad,  pero no podemos evitar las consecuencias de nuestras decisiones: Vivir en la mentira nos perjudica y nos esclaviza.

Sólo la verdad (en este caso la verdad acerca de lo que produce la felicidad) nos puede sacar de nuestra abulia y de nuestra  apatía. Como hizo Poncio Pilato, podríamos preguntarnos también nosotros... ¿qué es la verdad?... ¿Existe esa cosa que llaman verdad?  Y la respuesta es afirmativa. Nos la da el propio Jesucristo cuando dice de Sí Mismo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí  (Jn 14,6). Y nos habla también de la importancia de la verdad para nuestra vida: Si permanecéis en mi Palabra, seréis en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8,32). De modo que esa es la respuesta.  Por una parte, la Verdad (escrita con mayúsculas) es el propio Jesús. Y por otra, sólo la unión con Él nos puede dar la verdadera libertad.

El hombre de hoy vive instalado en la mentira y, por lo tanto, como un esclavo, aunque él considere otra cosa, puesto que todo el que comete pecado es esclavo del pecado (Jn 8,34). Ante sí tiene la solución a todos sus problemas, a sus verdaderos problemas, siempre (claro está) que admita primero que tiene problemas y que de verdad quiera solucionarlos.  El gran problema, el problema gordo y, en realidad, el único problema, propiamente dicho, es el pecado. Cuando uno admite que ha pecado y lo lamenta profundamente, en lo más hondo de su corazón, arrepintiéndose de todos sus pecados, es entonces (y sólo entonces) cuando podrá escuchar de boca del mismo Jesús: Tus pecados te son perdonados (Mt 9,5). Y  es entonces cuando se verá libre de la esclavitud que lo dominaba porque, como decía Jesús: sólo si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres (Jn 8,36).

De modo que sólo, única y exclusivamente el encuentro con Jesucristo puede transformar nuestra vida de raíz y hacernos libres de la esclavitud del pecado (esclavitud ésta que es la verdadera esclavitud y la causa de todos los males que padecemos) consiguiéndonos así la perfecta Alegría que proviene de estar junto a Él. Sólo el encuentro con Jesús puede curarnos de la tristeza que nos inunda. Sólo en Él podemos encontrar esa Alegría (con mayúsculas) que el mundo no puede darnos, bajo ninguna de las maneras. En el fondo (y en la superficie) la raíz de la tristeza que padece hoy el mundo se encuentra en la falta de amor

Sin amor no hay alegría: la alegría va siempre de la mano del amor. La nueva pregunta, ahora, sería ... ¿Y por qué falta el amor? La respuesta no se hace de esperar: falta el amor porque falta Dios... ¡por una sencilla razón: porque Dios es Amor ! (1 Jn 4,8). El rechazo de Dios que se da en la sociedad actual es el rechazo del Amor y es, por lo tanto, el rechazo de la Alegría. De modo que la solución a nuestra tristeza pasa, necesariamente, por el encuentro con Dios. Y al hablar de Dios me estoy refiriendo, por supuesto a Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre. Cuando Felipe le dijo a  Jesús: Señor , muéstranos al Padre y nos basta, Jesús le contestó: Felipe, tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me has conocido? El que me ve a Mí, ve al Padre (Jn 14, 8-9). Y en otro lugar dijo también Jesús: Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30).


Así pues, se trata tan solo de encontrar al Señor, de encontrar a Jesús. Pero, ¿qué tenemos que hacer para encontrar a Jesús y encontrar, de paso, esa alegría de la que carecemos? Pues parece ser que no hay otro modo de encontrarlo si no es a través de la cruz. Suyas son estas palabras:  Quien no carga con su cruz y viene tras de Mí no puede ser mi discípulo. (Lc 14,27).  Y también: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha... (Lc 13, 24), ... porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella (Mt 7, 13).  En cambio: ¡Qué angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7,14)

Es por esta razón por la que privar a los niños de todo esfuerzo y de toda contrariedad y darles todos sus caprichos,  es el camino seguro para que no puedan conocer nunca lo que es la alegría, lo que es la verdadera alegría. Y esto es muy grave. El Señor es tajante, a este respecto, pues tiene un aprecio especial  y un cariño muy grande por los niños: Dejad que los niños vengan a Mí y no se lo impidáis, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 19,14). Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino de las que mueven los asnos y lo hundan en el fondo del mar (Mt 18,6)... Tan importantes son los niños para Jesús, que no duda en afirmar, con  gran contundencia: Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18,3). ¡Hasta ese punto es importante el ser como niños! No debemos olvidarlo, pues nos va en ello nada menos que la felicidad, ya en esta vida, y luego la Vida Eterna.

Por lo tanto: Si en algún momento de debilidad nos parece que la cruz es triste, sabemos que eso no es verdad. Es una tentación en la que no debemos caer (¡por nuestro propio bien!). No debemos tener miedo de la cruz, aunque eso sí: estamos hablando de la cruz de Jesús, no de cualquier cruz, la que Él nos envía para que nos santifiquemos, no la que nos buscamos nosotros mismos. Esta confusión ha dado lugar a que mucha gente haya pensado, y algunos siguen pensándolo todavía, que un cristiano es un tipo raro y un masoquista, que ama la cruz por la propia cruz. Esto es un grave error... y un pecado. Nadie, en su sano juicio, quiere sufrir, empezando por el mismo Jesús, que en esto, como en todo, es nuestro modelo: Padre mío, si es posible, aleja de Mí este cáliz; pero que no sea como Yo quiero, sino como quieres Tú (Mt 26,39)

Jesús que, además de ser verdadero Dios, que lo era, era también verdadero hombre como cualquiera de nosotros, en cuanto hombre experimenta un fuerte rechazo ante el sufrimiento. ¿Cómo va a querer sufrir? Es absurdo. Pero, debido al pecado y al rechazo de los hombres, y queriéndonos del modo en que nos quería, y nos quiere (como sólo Él  sabe querer), por amor a nosotrosaceptó libremente la entrega de su propia Vida, para que aquellos que quisiéramos (y, sobre todo, que lo quisiéramos a Él) pudiéramos alcanzar la salvación. Esa Vida que Él, libremente, entregó porque quiso (nadie se la podía quitar) la recuperó de nuevo cuando resucitó, pues Él es el Señor de la Vida. De este modo, venciendo con su muerte al pecado, venció también a la muerte, consecuencia funesta del pecado, haciendo posible que nosotros, unidos a Él, podamos también vencer el pecado y la muerte.


Así es: Jesús dio su Vida por mí, para salvarme, porque quería mi amistad, porque para Él yo era y soy importante. Si rechazo Su cruz lo estoy rechazando a Él, estoy rechazando su Amor, no estoy apreciando hasta qué punto Él me ha amado y me ama: Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el fin(Jn 13,1). Un hasta el fin que significó la entrega de su propia Vida en la cruz, como manifestación del máximo amor posible: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos. (Jn 15, 13-14). Cuando prendieron a los apóstoles por enseñar en el nombre de Jesús y los azotaron, ellos se retiraron gozosos de la presencia del Sanedrín por haber sido dignos de sufrir ultrajes a causa de Su Nombre (Hech 5,41). ¿Acaso los apóstoles deseaban sufrir? En absoluto. Pero, claro...¡si es por amor a Jesucristo! ...¡Eso lo cambia todo!

¡No es triste la cruz, si se lleva por amor al Señor y unidos a Él! La cruz del Señor es la máxima manifestación posible de su Amor por cada uno de nosotros. Despreciar su cruz es despreciar su Amor. Nos vendrá muy bien el traer a la memoria estas palabras que nos dirigió Jesús: Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera ( Mt 11,29-30). ¡Su cruz no es pesada! Y también estas otras: Bienaventurados seréis cuando os injurien y persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo mal por Mi causa. Alegraos y regocijaos (Mt 5, 11-12). Finalmente traigamos a la memoria aquellas palabras tan bellas de Jesús (aunque en realidad todas lo son) que nos servirán de consuelo, de fortaleza y de esperanza: Ahora tenéis tristeza, pero de nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría (Jn 16,22). La mirada del Señor es lo más hermoso que hay, en esta vida y en la otra. Esa mirada suya amorosa es la que causa nuestra alegría:

Mi sonrisa brotaba
al sentir en sus ojos la alegría,
ojos  que yo amaba
porque en ellos veía
aquello que antes sólo lo sabía.

sábado, 6 de abril de 2013

LA ALEGRÍA CRISTIANA (2 de 3) [José Martí]



Me viene a la mente una expresión que escuché cuando era joven y que no entendí: alegría aun en las contrariedades. Siempre he  pensado  que las contrariedades (que suponen esfuerzo, dolor, negación de uno mismo, etc.) y la alegría eran cosas opuestas y, por lo tanto, irreconciliables. Así que me devanaba los sesos, intentando buscar una respuesta a esta cuestión: ¿Cómo es posible que se pudiera estar alegre aun en las contrariedades?. No terminaba de creer (y mucho menos entender) que tal cosa fuera posible... Es más: todavía hoy no lo acabo de entender del todo, aunque no sin cierta culpa por mi parte.

Y, sin embargo, resulta que... no sólo es posible tal conciliación sino que, de alguna maneraes precisamente gracias a las contrariedades como aprendemos a ser felices. Parece un disparate lo que acabo de decir... Tal vez mediante algún ejemplo podamos entenderlo, vosotros y yo mismo, ...,


Para ello vamos a realizar un  experimento hipotético en el que compararemos las experiencias de cuatro personas que, inicialmente, se desconocen entre sí. Dos de ellas se conocieron en  situaciones difíciles y muy duras, pero se ayudaron mutuamente a superar las dificultades a medida que éstas iban surgiendo, incluso a costa de realizar grandes sacrificios, tanto la una como la otra. Las otras dos personas, en cambio,  se conocieron en unas circunstancias completamente diferentes y, además, mucho más agradables. De hecho, coincidieron en varias fiestas, en casinos y en discotecas ...  y se rieron, jugaron y bailaron al son de la música. ¡Vamos, que se lo pasaron estupendamente!

¿Por cuál de las dos experiencias os gustaría pasar? Está claro que por la segunda. Si me decís otra cosa, mentiríais como bellacos. Pues bien: Aun siendo eso así, que lo es, a mí no me cabe la menor duda (¡no sé a vosotros!) de que entre las dos primeras surgió una profunda amistad, mientras que es muy probable, por lo que atestigua la experiencia de aquellos que han vivido mucho y saben mucho (¡los viejos!) que las segundas estuvieron viéndose sólo unos pocos días y al principio: luego cada una siguió su propio camino. ¿Por qué saco esta conclusión?


El razonamiento que hago es el siguiente: Dado que la alegría va siempre unida a la amistad (alegría tanto mayor cuanto más grande sea la amistad). Dado que las dos primeras personas llegaron a ser muy amigas, precisamente compartiendo juntas momentos muy duros y muy difíciles. Y dado que las otras dos que, aunque se lo habían pasado muy bien juntas compartiendo situaciones placenteras, no llegaron a entablar una amistad duradera... con estas premisas parece que la conclusión se impone por sí misma:  las contrariedades compartidas, unen mucho más a las personas que la ausencia de esas contrariedades... aunque parezca mentiraDe ahí la alegría que experimentan las dos primeras cuando se ven (alegría consecuencia de la amistad que surgió entre ellas cuando compartieron juntas pruebas muy duras);  alegría que no se dio, ni podía darse, en el caso de las otras dos. Es cierto que estas últimas se lo pasaron muy bien durante un cierto tiempo, pero en eso quedó todo ... acabando por olvidarse y viviendo cada una su propia vida. Así es como funcionamos. Es verdad que esto es una historia imaginada. Pero el que haya vivido un poco (incluso el que no haya vivido tanto, pero razone bien) sabe perfectamente que tengo mucha razón en lo que estoy diciendo.


(Continuará)

viernes, 5 de abril de 2013

LA ALEGRÍA CRISTIANA (1 de 3) [José Martí]


¿Hay verdadera alegría en este mundo? Es difícil contestar a esta pregunta con un simple sí o un simple no. Pero lo que sí podemos hacer es observar lo que está ocurriendo. Y al hacerlo nos encontramos con el hecho, asombroso por otra parte, de que jamás ha habido tanta incomunicación entre la gente como la que se da hoy en día en el mal llamado mundo de las comunicaciones. Y esto es así por la sencilla razón de que la gente no dialoga. Nunca se había hablado tanto de diálogo como ahora y nunca la gente dialoga tan poco como ahora. Y si las personas no dialogan no pueden entenderse, ni puede haber una verdadera comunicación entre ellas.

Es muy frecuente hoy en día ver a los jóvenes (y no tan jóvenes) continuamente enfrascados y ensimismados en su móvil, como lo más normal... cuando eso no es lo normal. Se trata de un vicio que, además, se está extendiendo por todo el mundo a una velocidad de vértigo, y que está llegando también a los más pequeños... ¡No, esto no es normal!... Lo normal es encontrarse en la calle a niños jugando, riéndose sanamente y divirtiéndose... y esto, que es lo normal y que es algo muy hermoso, se ha convertido en un raro fenómeno de la Naturaleza... ¡por desgracia!  Se podrían buscar muchas explicaciones a este hecho, aunque hay una que cae por su propio peso:  ¡es que no hay niños! ... cada vez hay menos niños porque nacen muy pocos niños..., lo que es una pena muy grande y un indicativo inequívoco de que esta sociedad en la que vivimos está cada día más enferma... es una sociedad de viejos, con todo lo que eso conlleva (y no parece que esta situación vaya a ir a mejor).

Pues bien. Como decía, hoy la mayoría de la gente apenas si dialoga, vive de tópicos y de frases hechas, piensa poco por su cuenta, si es que piensa (las ideas ya vienen dadas por lo que se dice o se ve en la televisión y en otros medios de comunicación), se deja llevar y cambia de opinión según los vientos que corren (espíritu borreguil)... Este modus vivendi no es bueno, ni para las personas en particular ni para la sociedad en su conjunto.


La escala de valores está distorsionada. Se considera que lo más importante es tener cosas  y  pasárselo  bien: prima el sentido consumista y hedonista de la vida sobre otro tipo de consideraciones. Salvo excepciones ... a los niños se les priva de todo esfuerzo y de toda contrariedad, la gente discurre por los senderos del bienestar, del buen vivir, de la comodidad, del dinero, del placer, de la fama y de cosas por el estilo. ¡Y no digamos ya si a toda esta caterva de ejemplos le añadimos el alcohol, el sexo y las drogas! ... Pero el hecho innegable es que la gente no es feliz ... ¡todas estas cosas, en mayor o en menor grado, sólo producen un tremendo vacío y una insatisfacción aún mayor! ¿Por qué esta infelicidad?  ¿Hay algo en común en todos esos casos? Pienso que sí: yo he encontrado dos características que son comunes  a todos los ejemplos citados más arriba. En primer lugar el egoísmo y la avaricia, el excesivo mirarlo todo (¡y a todos!) con el único objeto de tener cosas o de conseguir algo de los demás.

Los que así proceden (que son mayoría) sólo piensan en sí mismos y, por supuesto, siempre para recibir... nunca para dar. ¿Son, por ello, más felices? Todo lo contrario. La insatisfacción va subiendo: el que tiene dinero quiere más dinero,  el que tiene poder quiere aún más poder, el que tiene fama, quiere más fama todavía, ... Y así viven angustiados... siempre quieren más... y lo único que encuentran es un vacío cada vez mayor, lo que se agudiza en el caso de los que eligen el camino del alcohol, del sexo o de la droga: situaciones especialmente lamentables en las que las personas se convierten en auténticos esclavos, cada vez más necesitados y cada vez más vacíos, en un proceso que puede llevarles incluso al suicidio como, de hecho, así está ocurriendo hoy en muchas partes del mundo: son auténticos enfermos, del cuerpo y del espíritu. 

En segundo lugar, es también una característica común a todos estos ejemplos que, quienes así actúan, por las razones que sean, son precisamente aquellas personas que tienen una visión chata y materialista de la vida, una visión que se queda sólo en el más acá, pues han decidido que no existe el más allá. Y se dedican a aplicar en su vida la conocida máxima pagana: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos" (Y lo hacen muy bien, por cierto): Los resultados están a la vista. Sobran los comentarios.


Pues bien: aun a riesgo de parecer exagerado y disparatado, me atrevo a afirmar que no sólo las cosas que son malas objetivamente producen vacío en los seres humanos (como ya se ha visto) sino que... ni siquiera las cosas buenas son capaces de producir en nosotros toda la satisfacción plena que buscamos... Estoy pensando en la lectura de un buen libro, en escuchar una buena música, en la degustación de un vino exquisito, en la visión de un bello paisaje o la contemplación de un hermoso amanecer, en una tertulia agradable entre amigos, en una buena comida,..., cosas todas ellas buenas, deseables y sanas... que producen alegría verdadera en las personas, una alegría no sólo no desdeñable (¡faltaría más!) sino envidiable ... pero es una alegría pasajera y efímera. Ninguna de estas cosas y ni siquiera todas juntas, son capaces de llenar nuestro corazón, porque éste siempre aspira a más y a más ... Hemos sido creados con una aspiración de infinito... tal es nuestra naturaleza... Nada finito, por verdadero, bueno y hermoso que sea, puede colmarnos.  


Esta realidad está muy bien expresada en la conocida frase de San Agustín: Nos hiciste, Señor, para Tí; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí. Así es: sólo Jesucristo puede saciar nuestras ansias de amor, pues para eso hemos sido creados: para amar y para ser amados. Seremos mucho más felices dando que recibiendo pues, como dijo Jesús, "hay más alegría en dar que en recibir" (Hech 20, 35). Y por supuesto, no pensando que aquí se acaba todo, cuando nos llega la muerte. No, no es así: nuestra verdadera patria está en el cielo, junto al Señor.
(Continuará)

sábado, 30 de marzo de 2013

EL CAMBIO ES POSIBLE (5 de 5) [José Martí]

Existen casos, que conocemos por la historia, de personas que optaron contra Dios, claramente... y, sin embargo, algunos llegaron incluso a ser grandes santos. El caso más típico, conocido como "la caída del caballo" (¡hay muchos más!) es el de la conversión de Saulo:


"Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres y mujeres, que fuesen seguidores de este camino. Pero mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente lo envolvió de resplandor una luz del Cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que decía: 'Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?' Respondió: '¿Quién eres tú, Señor?'. Y él: 'Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer' "(Hech 9, 1-6). 

Saulo quedó ciego y lo condujeron a Damasco, a la casa de Judas. Allí estuvo orando durante tres días sin vista y sin comer ni beber hasta que un discípulo de Jesús llamado Ananías, que tuvo una visión, se acercó a él y le impuso las manos diciéndole: "Saulo, hermano, el Señor Jesús, el que se te ha aparecido en el camino por donde venías, me envía para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo". Al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista; se levantó y fue bautizado, y tomando algo de comer recuperó las fuerzas" (Hech 9, 17-19). Luego estuvo algunos días con los discípulos que había en Damasco y fue cobrando cada vez más fuerza "y desconcertaba a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que Jesús es el Cristo" (Hech 9,22),hasta el punto de que, después de bastantes días, "los judíos tomaron la decisión de matarlo" (Hech 9,23).


Brevemente hemos relatado aquí el caso de la conversión de Saulo, el que sería San Pablo, una de las personas que mejor, y más profundamente, ha escrito sobre Jesús, en sus conocidas Epístolas, que forman parte esencial del Nuevo Testamento y que son, por lo tanto, Palabra de Dios, al igual que lo son los Evangelios.

No olvidemos, sin embargo, que este caso, como otros parecidos, es excepcional. Normalmente, a Dios no le gusta hacer milagros. La caída del caballo no es su modo ordinario de proceder. ¡Por supuesto que puede hacer milagros, y de hecho los hace todos los días, pero no suelen ser de ese tipo, aunque también! Como digo, no es lo habitual. En cualquier caso, hay algo que siempre es cierto y que urge actualizar en nuestra mente, y es que Dios da siempre  a todos la gracia que necesitan para que se salve todo el quiera ser salvado. Si alguien no se salva es porque rehúsa la salvación. De esto no nos debe caber la menor duda.

Es preciso que nos fijemos en el hecho de que la vida de San Pablo se transformó por completo...  ¡porque se arrepintió del mal que había cometidoDejó de ser enemigo de Jesús y se convirtió en su amigo. Encontró en Jesús su mejor amigo: en adelante, el sentido de su vida no fue otro sino el de compartir la vida de Jesús, pudiendo decir, con verdad que para él la vida era Cristo (Fil 1,21). Vemos aquí cómo el cambio (la conversión), incluso en casos desesperados o de odio a Cristo, es posible. Y es que Dios desea ardientemente nuestra conversión, que nos volvamos a Él, porque nos quiere y desea que también nosotros lo queramos..., pero siempre respetando  nuestra libertad y nuestra responsabilidad personal. Esta idea aparece infinidad de veces en los textos bíblicos: "Yo juzgaré a cada uno según su conducta... ¡Convertíos, apartaos de todas vuestras iniquidades y así no serán para vosotros causa de vuestra ruina!" (Ez 18,30). "¡Convertíos y vivid!" (Ez 18,32). Jesús, en el Nuevo Testamento, comienza su ministerio con estas palabras: "Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca" (Mt 4, 17). De este modo tenemos esperanza de que nunca está todo perdido, de que si lo deseamos, podemos cambiar, pero en nosotros está la responsabilidad de nuestra propia vida; y así nos lo dice también Jesús: "Si no os convertís, todos pereceréis igualmente" (Lc 13,5).


Tal es, y ha sido siempre, la Doctrina de la Iglesia, en este sentido. El Papa Francisco, siguiendo la tradición de veinte siglos de catolicismo, nos lo ha recordado,  al terminar el Vía Crucis de este Viernes Santo, 29 de Marzo de 2013: "Dios nos juzga amándonos. Si recibo su amor me salvo; si lo rechazo, me condeno. No por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena sino que ama y salva". Y esta misma noche, 30 de Marzo, en la Vigilia Pascual, también nos lo ha recordado. Ha dicho: "no hay pecado que Dios no perdone, si nos abrimos a Él". Como cabeza visible de Cristo en la Iglesia, nos dice lo mismo que Cristo nos ha dicho siempre; y es que para que podamos salvarnos es necesario que nos arrepintamos de nuestros pecados y que nos convirtamos a Dios. Si se lo pedimos a Jesús, con todas nuestras fuerzas, es seguro que nos lo concederá. Tenemos su palabra: "Hasta ahora no habéis pedido nada en mi Nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa" (Jn 16,24)


Hoy, desgraciadamente, hay muchísima gente que ha optado por ir contra Dios en quien, por una parte, no cree y a quien, por otra parte, curiosamente, combate y odia. Debemos rezar por ellos, porque cada día es una oportunidad nueva que Dios nos da, a todos, para que recapacitemos, nos convirtamos y podamos así lograr la salvación. Si no le dejamos, Él no podrá salvarnos, aunque quiera: Dios cuenta siempre con nosotros para nuestra propia salvación, pues esta salvación, que es lo mismo que decir Su Amor, no nos la  puede imponer, sino que libremente debemos acogerla.

Las personas solemos complicarnos la vida con demasiada frecuencia, perdiendo tontamente el tiempo, en el mejor de los casos; y, sin embargo, tenemos a nuestra disposición una inmensa riqueza: la que nos viene de la posibilidad que tenemos de conocer a Jesús... si nos dejáramos querer por Él. No es tan complicado. Lo que ocurre -eso pienso- es que nos puede parecer que, llegados a cierta edad en nuestra vida,  y dado que nos sentimos y nos encontramos muy lejos del Señor, es fácil que se nos pase por la mente que no tenemos remedio. Y que nos desanimemos. 



Pero proceder así sería un grave error, y nos haría mucho daño, innecesariamente, pues si bien es cierto que "el que comete pecado es esclavo del pecado" (Jn 8,34) y este versículo es palabra de Dios, necesita, sin embargo, ser completado con otros versículos de la Biblia: jamás hemos de desesperar. Son infinitos los textos bíblicos que nos hablan del Amor de Dios y de su perdón, y esto ya en el Antiguo Testamento: "Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve" (Is 1,18). Y en el Nuevo Testamento hay gran cantidad de citas en este sentido. Así, por ejemplo, se nos dice que "Dios nos amó y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 10), de modo que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom 5,20). Y que "Cristo murió por nuestros pecados" (1 Cor 15,3)...   "pero no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo" (1 Jn 2,2). Cuando Jesús instituyó la Eucaristía dejó esta idea muy clara: "Ésta es mi sangre de la Nueva Alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26,28)

Eso sí: debemos de fijarnos en la palabra muchos. No dice todos sino muchos: ésta es la traducción correcta. Y, ¿por qué? ¿A qué se refiere el Señor? Está claro que todos tenemos la posibilidad de salvarnos, aunque no con nuestras solas fuerzas, pues la salvación viene de Dios. Pero esto no significa que todos nos vamos a salvar necesariamente, queramos o no queramos, porque Dios es bueno y no puede consentir en que nos condenemos. No, no es así... pues fue el mismo que dio su vida para salvarnos, es decir, Jesús,  el que dijo: "Si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados" (Jn 8, 24). 

Es decir: existe un condicional para nuestra salvación, un condicional que se encuentra en nosotros mismos, en nuestra propia libertad. Y puesto que la voluntad de Dios con relación a nosotros es muy clara: "Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque uno solo es Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, que se entregó a Sí mismo en redención por todos" (1 Tim 2,3-6), resulta entonces que Dios ha dejado en nuestras propias manos el que nos salvemos o no. Y tenemos una gran confianza, pues "si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Dios para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1,9). Pero no lo olvidemos: "Al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero" (Mt 12,32). Y ya se ha hablado en este post acerca de este tipo de pecados. A ellos se refiere también San Pablo cuando dice: "Si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no nos queda ningún sacrificio por los pecados, sino la tremenda espera del juicio y el ardor del fuego que va a devorar a los rebeldes" (Heb 10, 26-27). Tremendas palabras éstas, que se refieren a los que no desean ser perdonados ni se arrepienten de nada, ni creen en Dios y odian todo lo que se refiere a Dios. Para ellos el perdón es imposible.

No quisiera acabar este capítulo, sin recordar (a los demás, y a mí mismo en primer lugar) que, en realidad, el camino hacia el Cielo está ya muy bien trazado por Jesús. Aunque parece que no acabamos de darnos cuenta del todo, como si algo se nos escapara. El secreto se encuentra, en mi opinión, en meditar, con total disponibilidad y a ser posible delante del Sagrario, estas palabras del Evangelio: "En aquel tiempo, exclamó Jesús y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños" (Mt 11,25). En ellas se nos revela, con toda claridad, que tenemos que ser pequeños,  sencillos y humildes para acercarnos a Dios. Ésta es la única solución eficaz; no hay otra, en realidad.


Me viene ahora a la mente lo que dijo Jesús a Nicodemo, cuando éste vino de noche a verle, por miedo a los judíos: "En verdad, en verdad te digo, que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios" (Jn 3,3). Y cuando Nicodemo le responde: "Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?" (Jn 3,4), Jesús le responde y se lo aclara: "En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del Agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5). No habla Jesús de nacer según la carne, sino de nacer según el Espíritu, refiriéndose con ello, como diría más adelante, al sacramento del bautismo en el Espíritu Santo. Por el bautismo es infundida una nueva vida, se nace a la vida del Espíritu, a la vida de Dios y entramos a formar parte de la familia de los hijos de Dios, verdaderos hijos, por pura gracia divina. Se trata de un nacimiento a la vida sobrenatural y, por ello, es aún más importante que el nacimiento a la vida según la carne, que es un nacimiento natural. Por otra parte, toda verdadera conversión, en la medida en que supone una vuelta a la gracia, se puede considerar también como un nacer de nuevo.



Pero no quiero desviarme del tema. A lo que me refiero es a la necesidad que tenemos, todos, de hacernos sencillos, pequeños y humildes. Y hasta tal punto esto es fundamental que Jesús llega a decir: "Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mt 18,3). ¿En qué sentido tenemos que hacernos como niños? La respuesta viene a renglón seguido: "El que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos" (Mt 18,4). Así debe de ser nuestra relación con Dios, como la de un niño con sus padres... pero un niño muy pequeño, que aún no ha "aprendido" a mentir, que pone su confianza completamente en sus padres y se fía de ellos: sabe que sus padres lo quieren; y que no van a permitir que le ocurra nada malo. Así ha de ser también nuestra actitud con relación a Dios. De Jesús hemos aprendido que Dios es nuestro Padre. Nos lo ha enseñado en multitud de ocasiones y, en particular,en el padrenuestro. 

Confiados en que realmente somos hijos de Dios (hijos en el Hijo, por el Espíritu Santo), si queremos que se produzca un cambio radical en nuestra vida,  hagamos caso del consejo que nos da el Señor, cuando dice: "Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos , ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a quienes se las pidan!" (Mt 7,11). Pidámosle, de corazón, que nos convierta, y seguro que Él se apresurará a hacerlo.