sábado, 27 de noviembre de 2010

RESPUESTA DEL HOMBRE Y SONETOS SACROS (2 de 11)


En los siguientes artículos comentaremos algunos sonetos de autores famosos (en general) en los que se puede ver las distintas respuestas que suele dar el hombre a los requerimientos de amor por parte de Dios. Éste que sigue, a continuación, es de Lope de Vega (1562-1635).

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¿Oh, cuánto fueron mis entrañas duras
que no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras?

¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía”!

¡Y cuántas, hermosura soberana:
"Mañana le abriremos” -respondía-,
para lo mismo responder mañana!


Aquí se ve con toda claridad el inmenso amor que Jesús nos tiene, un amor personalísimo e íntimo, que le lleva a llamar con insistencia a la puerta de nuestro corazón. Él, que lo tiene todo y que nos lo quiere dar todo, está a la puerta, indigente y pasando frío y calamidades; y todo ello, simplemente, porque para Él somos valiosos, porque desea ser correspondido con nuestro amor. “He aquí que estoy a la puerta y llamo...” (Ap. 3,20).

La respuesta que Él espera de nosotros, de mí, en particular (pues cada uno de nosotros es para Él un “yo” único, amado con amor total), esta respuesta es siempre para “hoy”: "¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón" (Sal 95, 7c-8a). Y, sin embargo, no es esa la respuesta que recibe en este caso concreto. “Mañana le abriremos... para lo mismo responder mañana”.

Es ciertamente lamentable que respondamos así a Aquél que sólo desea nuestro bien, nuestro verdadero bien. Somos unos pobres desgraciados, por no responder a Jesús con prontitud y con plena disponibilidad. No es Él sino nosotros los que estamos necesitados. Nosotros somos los miserables y no Él. Y, sin embargo, Jesús viene a nosotros... y nos pide que le dejemos entrar en nuestro corazón. Sólo tenemos que darle nuestra vida... y Él nos da la Suya, a cambio. ¡Nada más hermoso podría ocurrirnos en este mundo (y ni siquiera en el otro)!

Pero, por una parte, le cerramos nuestras entrañas y, por otra, intentamos tranquilizar nuestra conciencia con el consabido “mañana le abriremos” que equivale a no abrirle nunca. Él pasa a nuestro lado, nos llama con una insistencia que es propia sólo de los que están enamorados, se sirve de sus ángeles para recordarnos su amor: “Alma, asómate ahora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía”. Y como respuesta la indiferencia.

Es realmente penoso que actuemos así. Porque ésta (y no otra) es la verdadera causa de nuestra infelicidad. No somos felices porque le damos largas continuamente al Señor, a Aquel que es " el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn, 14, 6). Nos da miedo el amor, pensamos que vamos a perder nuestra personalidad, cuando es precisamente todo lo contrario. Sólo entregando nuestra vida al Señor es cuando encontramos, en Él, nuestra auténtica vida, que es la Suya propia, que nos la ha entregado.

Salimos ganando en este intercambio completo de vidas. Yo le doy mi vida al Señor y recibo, a cambio, la Suya. Y esta entrega debe tener lugar sin dilaciones de ningún tipo, pues el Amor no se puede concebir de otra manera. Y no se debe olvidar que sólo el Amor (así escrito, con mayúsculas) es lo único que nos puede proporcionar esa felicidad, que tanto necesitamos y que no tenemos, sencillamente, por nuestra falta de generosidad, por nuestro egoísmo, en definitiva. En el pecado llevamos la penitencia.

La realidad siempre acerca a Dios (José Martí)

Cada uno experimenta su existencia como algo real, palpable, verdadero: “Existo”. Pero todos “sabemos" perfectamente que no existimos desde siempre. Nuestra historia personal comenzó en un determinado instante y en un determinado lugar del Universo.

Nuestra existencia es innegable, es un hecho real. No es algo imaginario. Ante ello la pregunta fundamental que nos hacemos es si tiene algún sentido que estemos aquí por casualidad o por azar. Una cosa es clara y evidente: la vida no nos la hemos dado a nosotros mismos. Es un don que hemos recibido, es un regalo, el Regalo esencial sin el cual ningún otro regalo sería posible.

Y si todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido, si somos receptores de un bien (que es nuestra propia vida) es preciso que exista Alguien que nos lo haya dado, Alguien ante el que tenemos que inclinarnos, llenos de agradecimiento y alegría, Alguien al que todos hemos convenido en llamar Dios. A este respecto sería bueno recordar (o tal vez aprender) las cinco vías de Santo Tomás de Aquino -hombre sabio y santo a un tiempo- en las que se demuestra la existencia de Dios como Creador de todo cuanto existe.

Se trata de una demostración filosófica, ciertamente, - y no matemática, lo que sería absurdo-, pero verdadera demostración, pues no sólo lo matemático es verdadero. Toda persona puede tener acceso a esta verdad, aunque no sea ningún gran filósofo, ni nada que se le parezca: el sentido común, utilizando la razón con sencillez y rectitud, llega al conocimiento de que la existencia de Dios es una realidad.

Claro que, puesto que no se trata de una realidad evidente y palpable por los sentidos, y debido a que nuestra naturaleza humana es una naturaleza caída, a consecuencia del pecado, es posible realizar una opción libre en el sentido de no aceptar dicha realidad.

Y aquí es precisamente donde interviene Dios: interviene a su modo (no del modo que a nosotros se nos ocurriría). E interviene por una razón que, verdaderamente, nos resulta incomprensible, y es porque nos ama, y desea nuestro bien, nuestro auténtico bien. Por eso ha querido comunicarse con nosotros y se nos ha revelado a Sí Mismo: la Biblia (y de un modo especial el Nuevo Testamento), es el libro que nos habla no sólo de su existencia sino también de cómo es Él.

En lo que se refiere al origen de todo lo que existe, por ejemplo, puede leerse, en el primer capítulo del Génesis, que el Universo fue creado por Dios. La ciencia ha llegado también a la conclusión de que el Universo tuvo un principio (teoría del Big Bang), aunque, como tal ciencia, no puede ir más allá en sus razonamientos, pues se saldría de su cometido.

No se puede rechazar a Dios en nombre de la Ciencia. Si se produce tal rechazo será por otras razones, pero no porque exista ningún tipo de contradicción entre Ciencia y Religión. Y, no sólo no disienten entre si Religión y Ciencia sino que se prestan mutua ayuda. Esto es fácil de entender: las verdades del universo, que las Ciencias investigan y descubren (haciendo uso de la razón) y las verdades reveladas (recibidas por la fe), tienen el mismo origen: Dios. El mismo Dios ha puesto en la persona humana la luz de la razón y la luz de la fe. Y Dios no puede negarse a sí mismo. La verdad no puede contradecir jamás a la verdad. Ambas verdades, en sus diversos planos, concurren al mismo fin. Y no se coartan en sus propias investigaciones, sino que se sirven de mutuo estimulo.

No hay que olvidar, por otra parte, que hay también ciertas verdades, que han sido reveladas por Dios, cuya existencia se conoce precisamente por eso, porque han sido reveladas. Tales verdades, completamente inaccesibles a la razón, son los misterios del cristianismo, como el misterio de la Santísima Trinidad, el misterio del hombre-Dios (Jesucristo), el misterio de la Eucaristía, etc... Se puede profundizar en ellas, pero nunca se las puede comprender plenamente. Eso sí, aunque misteriosas, nunca son contradictorias. Ante ellas sólo cabe la adoración y el reconocimiento “alegre” de la propia impotencia: aunque es cierto que no podemos comprender del todo a Dios, sabemos (por la fe) que El nos quiere. Y eso nos hace (o debería hacernos) muy felices.

Cuando Dios creó el mundo "vio que era muy bueno todo cuanto había hecho", (Gén 1,31). ¿Y quién puede saber mejor cómo son las cosas, sino Aquel que las ha creado? Según se desprende de la lectura del Génesis, no hay ninguna cosa que, EN SÍ MISMA, sea mala. Pero, ¿son siempre buenas las cosas PARA NOSOTROS?

Depende: si en las cosas no vemos más allá de las cosas mismas es señal inequívoca de que las estamos tratando como un fin, lo que es un grave error, porque las cosas deben ser tratadas conforme a lo que realmente son, o sea, como medios para llegar al conocimiento y al amor de Dios.

Las cosas -la vida, los acontecimientos del tipo que sean- todo, en definitiva, puede y debe llevar siempre a Dios, como se dice bellamente en la siguiente estrofa:

El olor de las rosas
me llegó, paseando por el prado.
y las vi tan hermosas
que, su aroma inhalado,
me llevó, sin notarlo, hasta mi Amado.

lunes, 22 de noviembre de 2010

RESPUESTA DEL HOMBRE Y SONETOS SACROS (1 de 11)


Como se ha venido señalando anteriormente, Dios nos ama con un amor único, como si cada uno de nosotros fuese la única persona privilegiada de ese amor; un amor inefable, que de ningún modo podemos imaginar. Por mucho que imagináramos su amor siempre sería infinitamente mayor que el producto de nuestra imaginación: "Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que le aman" (1 Cor 2, 9).

Nos lo ha entregado todo, al entregarse a Sí Mismo, en totalidad, en la Persona de su Hijo; y además, nos ha dado la capacidad de que podamos responderle, de la misma manera, con nuestra propia entrega. Esto no sería posible, humanamente hablando, pero con la venida del Hijo a este mundo, se nos ha dado un Don: este Don, que es el Espíritu Santo, es la propia Entrega que el Padre hace de Sí Mismo a su Hijo y que se identifica con la Entrega que el Hijo hace de Sí Mismo al Padre. Y este Don "ha sido derramado en nuestros corazones" (Rom 5, 5), haciendo posible lo que, por nosotros mismos sería imposible; y así, "no sabiendo pedir lo que conviene, el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rom 8, 26).

El Espíritu del Hijo "enviado por Dios a nuestros corazones" (Gal 4, 6) clama en nosotros y nos presta su voz, de manera que, unidos al Hijo y en el Hijo, podemos decir, en verdad y con toda propiedad: "Abba, Padre" (Gal, 4, 6). Pues, aunque sea por Gracia y no por Naturaleza,  realmente somos hijos de Dios (hijos en el Hijo): "Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios ¡y lo seamos!" (1 Jn 3, 1)

Por lo tanto, tenemos ahora una posibilidad real de dar una respuesta Perfecta al Padre, hechos uno con el Hijo (en el Espíritu Santo), sin dejar de ser nosotros mismos, y conservando nuestra propia personalidad.

De este modo (y sólo de este modo) podemos amar a Dios con el mismo Amor con el que el Padre es Amado por el Hijo. Nuestra entrega al Padre, en el Hijo, siendo realmente  entrega nuestra, pues no nos confundimos con el Hijo, se convierte así en la Entrega del propio Hijo (y de nosotros  por Él, con Él y en Él) al Padre : una Entrega Perfecta, un Amor Perfecto.

Se hacen realidad las palabras del Señor cuando en la oración sacerdotal, después de la Última Cena, le rogaba a su Padre por sus discípulos: " Que todo sean uno: como tú, Padre, en mí y yo en tí, que también ellos sean uno en nosotros..." (Jn 17,21)

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL SILENCIO DE DIOS Y LA RESPUESTA DEL HOMBRE (4 de 4) [José Martí]


El tema de la escucha es fundamental en nuestra relación con Dios. Mucho es lo que se ha dicho y lo que se puede decir acerca de la escucha, pero hay algo que siempre debe darse, para que tal escucha sea posible: el silencio.

Sólo en el silencio podemos escuchar la voz de Dios: un silencio exterior y un silencio interior. Así actuaba Jesús, buscando horas y lugares propicios: las madrugadas, altas horas de la noche, el monte, el desierto, etc... A sus discípulos les dijo, cuando regresaron a contarle lo que habían hecho y enseñado: "Venid vosotros solos a un lugar apartado y descansad un poco". Pues eran muchos los que iban y venían y no les quedaba tiempo ni para comer. Se fueron, pues, en la barca, a un lugar apartado, ellos solos (Mc 6, 30-32).

Esta necesidad es común a todos los seres humanos, pues todos necesitamos de Dios, necesitamos escuchar su voz, conocer su voluntad y responderle generosamente; lo que no es posible si no se dedican determinados momentos del día exclusivamente a hablar con Dios, o mejor, a escucharle, en el silencio de la oración.

Puesto que este artículo está dentro de una sección que he denominado "Nuevo Testamento y Poesía", pienso que viene a cuento insertar aquí una poesía que hace relación precisamente a la importancia del silencio y de la escucha activa. En su origen viene a ser una recopilación de párrafos sueltos de estrofas del poeta mejicano Amado Nervo (1870-1919). Posteriormente, introduje yo mismo alguna que otra estrofa o versos sueltos. Ahora mismo, no sabría decir exactamente qué es lo mío, propiamente dicho; y qué es lo que he tomado de Amado Nervo.

En todo caso, que es lo que verdaderamente importa, lo que pretendo transmitir, mediante la ayuda de este poeta, es la importancia esencial del silencio en el desarrollo de nuestra personalidad. Y esto por una razón muy sencilla: Sin silencio no hay escucha. Sin escucha no hay diálogo. Sin diálogo no hay amor.

Dios es Amor y hemos sido creados a su imagen y semejanza. Si nos apartamos del amor, nos alejamos de Dios; y en consecuencia de nuestro verdadero "yo", pues no debemos olvidar nunca que el sentido de nuestra existencia no es otro que el de amar y el de ser amados (en primer lugar a Dios; y luego, en Dios, a todo ser humano).

De aquí la enorme importancia del silencio para no malograr nuestra vida. Los versos que siguen, como digo, están compuestos sin retórica, sin técnica, sin procedimiento, sin literatura, pero con un inmenso cariño. Inspirados en la poesía de Amado Nervo, mi único mérito -si es que tengo alguno- consiste en la estructura que les he dado, así como en la inclusión de algunos versos personales que creo que enriquecen el conjunto.

A tientas y en la oscuridad,
antes de que comience la mañana,
busco anhelante el diálogo
con Aquél que, estando en mí, no soy yo.

Le busco para hablarle,
o mejor, para escucharle.
Le busco en mi interior,
porque ahí está Él, esperándome,
y esperando mi respuesta.

En silencio, sí, pero está ahí.
¡Qué pena que aún no lo hayamos descubierto!

Si lo encontráis, decídmelo,
porque quiero conocerlo.
Ayudadme a encontrarlo,
buscándolo conmigo.

No, no es triste la noche,
si se sabe aprovechar
para cerrar los ojos y mirar,
en el propio interior,
la Verdad escondida,
la Perla preciosa.

No hagáis ruido...
Dejadme sólo, a solas con Él...
No hagáis ruido...
...el ruido me aleja de mi único bien,
¿y qué será, entonces, de mí?

No habléis,
pero, si queréis, buscadle conmigo.
Él está también en vuestro corazón.
Tal vez juntos le encontremos mejor.

¿Mas, cómo encontrarle?
Nuestros ojos no pueden verle...
y quedamos algo tristes,
aunque no abatidos,
pues sabemos que Él está con nosotros.

¿Cómo descubrirlo? ¿Cómo es Él?...
... Él es un niño.
En el silencio de los ojos
de los niños muy pequeños...
... ahí está Dios.

En la soledad y en el silencio,
Él se manifiesta como lo que es: un niño.
Su sencilla mirada de niño,
que no se avergüenza de serlo,
colma nuestro corazón de una paz inefable.

Él es sencillo y humano,
tan sólo piensa en dar,
en darlo todo, en dar su sonrisa;
todo lo entiende, todo lo comprende,
... y no tiene prisa;
su tiempo no le pertenece.
Sólo Él sabe escuchar.

Siempre es igual y siempre diferente,
siempre dice lo mismo y nunca se repite:
hermosa paradoja del amor.

No hay que buscarlo fuera
porque todos lo llevamos dentro.
Él está en mí y está en tí,...
…está en cada uno.

Y siendo esto así...
...qué pena vivir encerrados
en la propia cárcel,
buscándolo donde no se encuentra.

Este Dios escondido
no hay grito al que no responda.
Su voz siempre llega...
... y produce una paz inmensa.

¿Por qué buscar fuera lo que llevamos dentro?
¡Cuánta palabra, Dios mío,
cuánto desencanto!
¿Por qué hablamos tanto?

Nos complicamos con palabras
y más palabras.
¡Tanto hablar...cuando es tan simple
callar y escuchar... y vivir... oh, Señor!

En adelante,
ya no habrá dolor humano que no sea mío,
ni ojos que lloren sin que yo lo haga.

En adelante,
no me pidáis ya palabras, porque nada diré...
...callaré, y mientras callo
sonreiré en mi interior,
porque sé muy bien que Él va conmigo...
... y nada más importa.

Será el silencio mi mejor poesía,
el silencio que, a través de mis ojos,
ayude a otros a descubrir
lo que es inexpresable: Dios mismo.

En mi silencio (que es oración)
sé que soy necesario.
Él cuenta conmigo, sin prisas,
respetando mi ritmo.

Este silencio (que es mi propia vida)
es hermoso y es fecundo,
porque es un bello canto;
es respuesta de agradecimiento
y de profundo reconocimiento
a Aquél que es mi Sumo Hacedor
y mi Padre amoroso.   


sábado, 13 de noviembre de 2010

EL SILENCIO DE DIOS Y LA RESPUESTA DEL HOMBRE (3 de 4) [José Martí]


Así es. Dios nos ha hablado. Nos ha dicho todo lo que necesitamos saber para ser auténticamente felices ya en este mundo. En Jesucristo se encuentra la respuesta a todas las preguntas de todos los hombres de todos los tiempos y lugares, pues su Palabra siempre es actual: " El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mt 24,35).

Ahora nos toca mover pieza a nosotros, conscientes en todo momento de que nada podemos hacer sin su ayuda, pero sabedores también de que poseeremos esa ayuda siempre, si se la pedimos con fe. En este sentido, aunque todo depende de Dios, pues sin Él nada somos ni podemos, sigue siendo cierto igualmente que todo depende de nosotros, porque al crearnos libres para que pudiéramos dar una respuesta amorosa al Amor que Él nos tiene, nuestra actitud ya no puede ser pasiva.

Está el Amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado en Jesucristo, llamándonos a ser sus amigos;  y ahora lo único que queda es la respuesta que demos a ese amor. En ello nos jugamos nuestra verdadera felicidad, no ya solamente la del cielo, sino también nuestra felicidad terrena, desde este mismo momento, aquí y ahora.


El secreto de la felicidad no es otro que el de actuar, vivir y sentir como actuaría, viviría y sentiría Jesús; es decir, el de conformar nuestra vida a la suya, sin perder por ello nuestra personalidad: no nos "perdemos" en Él, sino que en Él nos reconocemos a nosotros mismos, tal y como somos en realidad, tal y como hemos sido "pensados" por Dios cuando fuimos creados. En Él encontramos nuestro "yo" auténtico al sentirnos interpelados por ese "tú" amoroso que Él nos dirige:

 "¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! (CC, 4,1)...
"Me robaste el corazón, hermana mía, esposa,
me robaste el corazón..." (CC, 4,9).

La correspondencia al Amor que Dios nos tiene: ese -y no otro- es el sentido de la existencia cristiana. Una correspondencia amorosa, que necesita de la poesía, de la verdadera poesía, para expresarse, para expresar lo que es inexpresable e inefable. Dios mismo ha querido utilizar este lenguaje de la poesía. En cierto sentido, la Biblia entera es un libro poético, porque toda ella nos habla del Amor de Dios.

Aunque no se debe olvidar, porque es fundamental, que el amor es siempre bilateral, necesita de un "yo" y de un "tú" que "se dicen" mutuamente el uno al otro, y el otro al uno. El Amor de Dios hacia nosotros, hacia cada uno, está claro. Lo que no queda tan claro es cómo ha de ser nuestra correspondencia a ese amor, para que se dé esa amistad tan deseada por el Señor, cuando le pedía a su Padre, en la oración de la Última Cena: "Que todos sean uno: como tú, Padre, en mí y yo en tí, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn, 17,21).

El mismo Padre nos da la respuesta acerca de lo que tenemos que hacer para complacerle, tanto a Él como a su Hijo. Así, por ejemplo, durante la Transfiguración del Señor, una nube luminosa cubrió a sus tres discípulos predilectos (Pedro, Santiago y Juan) y una voz desde la nube dijo: "Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido; ESCUCHADLE" (Mt 17,5).

Escuchar al Señor, oir su voz con atención y disponibilidad. Tened el oído atento y el corazón preparado para que Su voz no nos pase desapercibida, para responder con prontitud a su llamada. Una llamada que siempre es para hoy, para este momento. Y que requiere una respuesta: "Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón" (Sal 95,7)

lunes, 8 de noviembre de 2010

EL SILENCIO DE DIOS Y LA RESPUESTA DEL HOMBRE (2 de 4) [José Martí]


Como veníamos diciendo el "silencio" de Dios es aparente. Dios nos ha hablado y nos sigue hablando. Decía Gustave Thibon que "no es la luz la que falta a nuestra mirada. Es nuestra mirada la que está ciega a la luz". El problema no está en Dios. Está en nosotros.

San Juan de la Cruz, si mal no recuerdo, decía algo así como esto : "Una sola Palabra dijo Dios, y en ella nos lo dijo todo y nada le quedó por decir". Dios se ha dicho a Sí Mismo en su Palabra.

Esa Palabra de Dios es "el Verbo de Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14). Es Jesucristo, imagen perfecta del Padre y verdadero Dios: "Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14,9). Y en otro lugar del Evangelio dice: "El Padre y yo somos uno".

Él ya se ha manifestado en un lugar determinado y en un tiempo determinado y nos ha dicho todo lo que necesitamos para salvarnos; nos lo ha dicho con sus palabras y con su vida. Murió y resucitó; y ahora se encuentra entre nosotros, realmente presente, en la Eucaristía (misterio de fe). Tal como nos lo dijo, no nos ha dejados solos: "No os dejaré huérfanos" (Jn 14,18). Y tenemos puesta en Él nuestra esperanza: "Sabed que Yo estoy con vostros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20), porque, además, en otro lugar nos dice: "Os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón. Y nadie os quitará ya vuestra alegría" (Jn 16,22).

Está claro que Dios nos ha hablado y nos habla continuamente. Nos habla de lo único que Él sabe, de lo único que Él es, es decir, de su amor, pues "Dios es Amor" (1 Jn 4,8); un amor que espera de nosotros el ser correspondido de la misma manera. Su "hablar" es una "llamada", una "súplica" de amor hacia nosotros, hacia cada uno personalmente, que espera una respuesta, que no puede ser otra sino la de que lo amemos con el mismo amor con el que Él nos ama: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" (Jn 15,15)

Ese es el deseo de Jesús acerca de nosotros, que seamos sus amigos. Pero, ¿cómo vamos a ser amigos de Alguien a quien no conocemos? Es preciso conocerle para amarle. ¿Cómo conocerle? Hagamos caso, simplemente, de las palabras que el mismo Padre nos ha dicho acerca de Jesús: "Éste es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9,35).

Es, sobre todo, en la lectura del Nuevo Testamento, en donde, con la ayuda del Espíritu Santo, a quien debemos siempre invocar, podremos conocer algo acerca de la Persona de Jesucristo; ese Espíritu que descendió sobre los apóstoles y la Virgen María el día de Pentecostés; y del que Jesús decía que "nos haría conocer todas las cosas"; ese Espíritu que es soberanamente libre y que "sopla donde quiere" (Jn 3,8) pero que ordinariamente nos llega a través del Magisterio de la Iglesia, instituida por Jesucristo.

Cuando Jesús resucito y se apareció a sus discípulos éstos se llenaron de alegría al ver al Señor, quien les dijo: "Como me envió mi Padre así os envío Yo". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dice: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos" (Jn 20,22-23). "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y sea bautizado, se salvará; pero quien no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16)

Esto viene a ser una confirmación de la promesa que le había hecho a Pedro antes de su resurrección de entre los muertos: "Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto ates en la tierra será atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 18-19).